jueves, 29 de mayo de 2014

Elogio de la experiencia en la segunda era de las máquinas.

El envejecimiento sucede, la experiencia es algo que tú aportas, surge de la conciencia. OSHO - Madurez

Todas las estadísticas, todas las reflexiones de los expertos en la materia, observan machaconamente la progresiva destrucción de empleo de la última década. Y lo que es peor, muestran un panorama en el que las máquinas inteligentes, computadoras y robots, sustituirán no sólo a la mano de obra poco cualificada, sino a aquellos trabajadores dedicados a la administración y gestión de bienes y servicios. 

Esto es, la desaparición de la inmensa clase media que apareció el el siglo XX a raíz del desplazamiento de los trabajadores desde las granjas y los campos hacia las fábricas en la ciudad, y que supuso la creación de una enorme clase gerencial hasta el punto que los trabajadores que se refieren a sí mismos como ejecutivos, gerentes o directivos superan en mucho a los que se denominan obreros o agricultores (Tim Laseter, 2014).


Tanto la fábrica como la oficina se regían y rigen por la filosofía taylorista. Taylor en sus "Principios de la Administración Científica" (1911) definió a partir de la "analítica" la manera correcta de ejecutar una tarea. La evaluación de los procesos y del rendimiento hizo que emprendedores creativos, empresarios y propietarios que dirigían la producción, fueran sustituidos por gerentes con menos talento seguramente, pero que acumulaban datos y cuyo trabajo y su aportación a la empresa consistía en el análisis de esos datos. Esos datos pueden ser analizados e interpretados ahora por ordenadores y los gerentes tendrán que reinventarse y desarrollar nuevas competencias más centradas en el éxito comercial, relacional y social que en el control. Deberán desarrollar su creatividad y visión de futuro si no quieren ser sustituidos por máquinas inteligentes.

Pero nos hallamos en el momento del tránsito de un sistema a otro, en el eje de la bisagra que dará paso a una nueva manera de concebir la empresa y el trabajo. Estamos en el momento de la destrucción del empleo para ganar competitividad, de incorporar más tecnología a las organizaciones en detrimento del empleo. Se asocia crecimiento económico a sustitución del empleo estable por mano de obra flexible, o sea, contratación temporal, reducción de personal, reestructuraciones, "racionalización" de plantillas.


Los "explotados" pasan a ser privilegiados y se favorece la cultura de la sumisión en los centros de trabajo (Bauman, La modernidad líquida). Tanto empresas como trabajadores se definen por su flexibilidad. Eso significa movilidad y polivalencia en los trabajadores, adaptación permanente a la demanda y transformación continua de la producción para la empresa. Ya no podemos asociar trabajo y vocación y la carrera profesional no gira alrededor del posible ascenso sino a mantenerse en el grupo de los "empleados" evitando pertenecer al de los "excluidos" de la empresa.

Los "desempleados" se convierten en "pobres" y de esta manera salen de las estadísticas al cabo del tiempo. En paralelo y de manera sorda y pertinaz aparecen knowmads, freelances, artesanos del conocimiento, que desde el margen, como "outliers" y de forma colaborativa (sharing es el nuevo mantra) construyen el nuevo paradigma laboral.


Pero si pensamos en el nuevo paradigma, el final del proceso que nos lleve a la "segunda era de las máquinas" (La carrera contra la máquina, Brynjolfsson & McAfee) veremos el triunfo del Capital Humano como principal fuente de riqueza, o sea la revalorización del conocimiento, las competencias y la productividad aportadas por el trabajador, que no supone el rendimiento decreciente de las máquinas ya que a mayor conocimiento y adquisición de nuevas competencias, más beneficio. Aprender será el trabajo.

Y en este contexto y teniendo en cuenta además la evolución de la pirámide de edad de las sociedades tecnificadas, deberá revisarse sin duda el papel de los trabajadores senior, los Golden Workers y el papel de la experiencia en este nuevo "humanismo", humanidad que permite aprender y mejorar con la experiencia, algo que todavía no pueden hacer las máquinas.

Como explica Sennet en La corrosión del carácter, se asocia juventud con flexibilidad y rigidez con madurez. Se desprecia de forma ostensible la experiencia que se considera un lastre ya que se necesitan trabajadores inexpertos, manipulables y que acaten instrucciones sin plantearse otras cuestiones, para que la empresa gane flexibilidad.

En busca del beneficio a corto plazo, se reducen costes en la cadena de valor, que está conformada por el valor que reside en cada trabajador, el capital intelectual, y en la sociedad del conocimiento paradójicamente se prescinde de los trabajadores más cualificados debido a su edad.


Siguiendo a Sennet, los prejuicios respecto a la edad sirven a distintos propósitos: los trabajadores maduros suelen ser más críticos con sus jefes que los jóvenes, suelen ejercer esta crítica por ser más leales a la empresa, pero eso suele ser molesto para sus superiores. La lealtad, el compromiso, la capacidad de esfuerzo y sacrificio, la visión a largo plazo, son características de muchos de los Golden Workers, expertos en su área gracias a una experiencia amplia, y son valores en desuso para la empresa que busca el beneficio a corto plazo.

Empresas que faciliten el fluir del conocimiento interno, la reivindicación del conocimiento tácito que proviene de la experiencia y abra canales internos de comunicación intergeneracional, promueva espacios que permitan el mentoring y el "reverse mentoring", que ofrezcan a los trabajadores maduros nuevos retos y espacios para la innovación y la creatividad, que incorporen a sus plantillas trabajadores experimentados y con extensas carreras laborales, estarán apostando por el incremento constante del capital humano y en consecuencia del valor de la empresa.

Una mariposa no es más que un gusano con experiencia
Edgar Morin y el aprendizaje: Siete complejas lecciones sobre educación.

lunes, 26 de mayo de 2014

El camino del héroe: en la caverna. La revolución madurescente: Capítulo 7

Plomo en el ala


Fotógrafo: Mikael Sundberg

Esto no va de esperar a que pase la tormenta. Se trata de aprender a bailar bajo la lluvia.

Ya en el avión de vuelta a Barcelona, Dafne sabe que algo no marcha bien. Es un malestar impreciso, una punzada en la boca del estómago, un flaquear de piernas y brazos que hace que llegue al lavabo del avión tambaleante y con un amago de nausea.

Será jet-lag piensa, en casa se me pasa. Pero no se pasa. Al llegar a casa el malestar arrecia. Dafne no duerme, apenas come y siente que pierde fuerzas por momentos, un dolor impreciso en el vientre... Y se disparan sus fantasías y rebotan en su cabeza feas enfermedades malditas... Dafne odia ir al médico y en sus más de 25 años de trabajo jamás se puso de baja aunque tuviera fiebre o lloriqueara y moqueara sin descanso. Las mujeres de mi generación, se dice a sí misma, no se detienen por una gripe o por una indigestión. Pero una vocecita le recuerda que su suegra murió a consecuencia de una hepatitis no detectada, ese cansancio permanente..., cosas de mujeres, decían los médicos, y su suegra deambulaba casi sin fuerzas por la casa limpiando el polvo, haciendo las camas, preparando la comida, siempre con un suspiro en los labios, siempre amargada, siempre sufriendo en silencio. Hasta que la cosa no tuvo remedio.




Escucha a tu ser. Te está dando pistas constantemente; es una diminuta y sutil voz. No te grita, es cierto. Si estás en silencio empezarás a sentir cómo eres. Sé la persona que eres. No intentes ser otra persona distinta y te convertirás en una persona madura. La madurez es aceptar la responsabilidad de ser uno mismo, cueste lo que cueste. Arriesgar todo con tal de ser uno mismo, en eso consiste la madurez. 

Dafne se arrastra hasta el ambulatorio de la Seguridad Social que tiene cerca de su casa. Es la primera vez que entra, mientras trabajó, su médico era el de la mutua a la que estaba afiliada desde su empresa, nunca ha utilizado la sanidad pública. Le sorprende la modernidad y la limpieza de la consulta. Imaginaba un espacio cutre y deprimente, pero es alegre y huele a desinfectante.

Dafne lleva siempre una libreta en su bolso. Anota todo lo que ve, todo lo que oye, todo lo que se le ocurre en los lugares más insospechados, no sea que se le olvide. Le han recomendado descargar Evernote en su smartphone, pero ella prefiere las libretas con goma, Moleskine a ser posible, que le proporcionan esa maravillosa sensación de estar escribiendo en un cuaderno de campo en plena observación antropológica, explorando mundos ignotos en un viaje permanente.



Y aunque cada día "lo digital" invade su cotidianeidad, procura mantener hermosas costumbres del siglo XX como la de llevar un diario, una bitácora de su travesía por mares hasta hace poco sólo domésticos y desde hace unos meses, procelosos mares desconocidos. Su amiga Rosa le insiste en que escriba un blog y le dé difusión a través de facebook o twitter, a ver si así se hace famosa, pero ella se aferra a su Moleskine negra y en los días especialmente intensos, desenfunda su Montblanc, esa que le regaló su padre el día que acabó la carrera, y siente el placer casi sexual de sentir deslizarse la plumilla de oro sobre el áspero papel.

En la consulta del médico anota escrupulosamente el aspecto de la gente que le rodea. Todo gente de edad, excepto una pareja con marcado acento latinoamericano dando de comer un potito a un precioso niño de cara triste. Dos hombres de la edad de Dafne tienen la mirada perdida y rehúyen mirar a los ojos, una mujer trajeada y maquillada en exceso consulta su teléfono móvil continuamente, como si esperara una llamada que no se produce, dos mujeres más cuchichean, ríen y se sorprenden alternativamente, y si Dafne se fuerza para entenderlas, deduce que están despellejando a una amiga común... Junto a Dafne un anciano con ganas de cháchara: Esta doctora es estupenda, le dice de sopetón, yo vengo aquí cada semana por lo de las recetas y hace unos meses se jubiló el doctor Rodríguez y esta chica que lo sustituye es muy lista y muy seria. 

Se abre la puerta de la consulta y por fin le toca a Dafne. La verdad es que le suena la cara de esta nueva doctora, pero... ¿de qué?

No tiene que rebuscar mucho en sus recuerdos, la doctora Suárez se lanza a sus brazos... ¡Dafne, Dafne Rodríguez, del colegio!¿no me recuerdas?

No, no se acuerda... Es difícil reconocer bajo este pelo gris y esos kilos de más a ninguna de las niñas con las que compartió 13 años de su vida en las monjas, pero finalmente algo se conecta en su cerebro... Montse Suárez, los primeros cigarrillos en los lavabos..., las primeras confidencias, Montse contó al grupito de íntimas que era adoptada, recuerda perfectamente el impacto que le produjo la noticia.


Después de auscultarla de arriba a abajo, Montse prescribe un análisis de sangre y uno de orina. Parece una infección urinaria, típica de la menopausia, pero quiero confirmarlo. Mientras, te tomas esto, y le extiende una receta, y ahora, si no te importa esperar quince minutos, nos vamos a tomar algo y a contarnos los más de 30 años que hace que no nos vemos.

Y media hora después se sientan en la terracita de un bar próximo al ambulatorio. Montse no para de hablar, parece que lo necesita, parece muy sola.

Pero pronto la conversación sobre "qué ha sido de fulanita..." empieza a girar rápidamente y Montse cuenta:

¿Te acuerdas de Lorenzo? Sí, mujer, uno de los chicos más guapos del cole de chicos de enfrente del nuestro, el que hacía esgrima..., me casé con él. Todo un triunfador. Empezó vendiendo televisores y al poco tiempo ya tenía una cadena de electrodomésticos en toda Cataluña, después Andalucía, Madrid... Compramos un ático en Sarrià, una masía cerca de Ventalló, cambiábamos nuestros dos coches cada dos años. No tuvimos hijos. Yo no quise saber si por mi culpa o por la suya. Vivíamos a todo tren, aunque eso sí, trabajando sin parar. Yo monté una consulta privada de ginecología, mi especialidad y atendía a mis pacientes en la Clínica de la Sagrada Familia. 

Lorenzo era brillante, divertido, un poco agresivo, pero eso aumentaba su encanto. Se asoció con Fernando, también de su colegio y durante un tiempo todo fue sobre ruedas. En el año 94 Fernando se fue a Brasil dejando una deuda en la empresa de más de 150 millones de pesetas. Lorenzo aguantó como pudo y finalmente la empresa tuvo que cerrar en 1998.

Perdimos el piso y la masía que se fueron en tapar la deuda y nos fuimos de alquiler a un pequeño apartamento de la calle Calabria. Y Lorenzo empezó a beber. Bebía con la misma pasión con la que antes llevaba su negocio... Era el rey de todas las fiestas y no se perdía ni un sólo partido del Barça en el bar de la esquina. Al principio sus borracheras eran sordas, melancólicas, pero pronto se convirtieron en agresivas, ¡el mundo contra Lorezo! y pagaba el pato el primero que se pusiera frente a él, y a menudo me tocó a mí aguantar el chaparrán. Aún recuerdo el día que lo encontré en un portal de la calle Urgel bañado en sus vómitos y orines...¡un horror! Fueron años terribles.


Sin trabajo, traicionado por su mejor amigo, el que había sido todo un triunfador se convirtió en una pesadilla para todos. Dejé mi consulta y reduje mi trabajo a estas horas en la seguridad social para poder estar más pendiente de él, pero Lorenzo comenzó a odiarme.

Primero me castigaba con el silencio y la indiferencia, pero pronto pasó a la agresión verbal para acabar levantándome la mano. No quiero cansarte con lo que fueron esos años hasta que un día después de un ingreso en el Clínico en situación límite, Lorenzo accedió a comenzar una cura de desintoxicación.

Ahora, después de no sé cuántos años en tratamiento y dos recaídas, Lorenzo no es ni sombra de lo que fue. Sigue sin trabajo, se pasa el día frente al televisor esperando que yo vuelva del trabajo... y yo no me atrevo a dejarle por pena, la verdad.

Siento haberte contado mis miserias, Dafne, necesitaba hablar con alguien y explicarle lo que he estado callando hasta a mí misma.

Monste está hecha un mar de lágrimas y Dafne estrecha su mano y pasa el brazo por su espalda. Parece que no todo el mundo resuelve sus crisis plantándole cara a la adversidad, piensa. Ella misma está hecha un lío y sin nada resuelto. Mientras abraza a Montse piensa que en breve se le acabará el paro y la reserva del dinero de la liquidación de su empresa.

Y hasta ahora no se ha puesto manos a la obra. Mucho observar, viajar, pero poco actuar y está convencida: nadie vendrá a buscarla a casa ni para ofrecerle trabajo, ni para tenderle una mano, ni siquiera para hacerle compañía en el infortunio.

Montse y Dafne lloran mansamente en compañía. Y las lágrimas, que por fin surgen sin freno, parece que alivian tanto como las pastillas que le ha recetado Montse. ¡Qué falta le hacía llorar! y por más que lo intentaba, ni una sola lágrima apareció en su rostro hasta poderlas compartir con una "casi" desconocida. ¡Qué malo es estar solo!


Y ahora ¿qué?, se dice Dafne al llegar a casa. El silencio del piso es aterrador por primera vez. Su casa ha dejado de ser su nido, es inhóspita, no la envuelve maternal sino que le hiela la sangre por el recuerdo de las voces de los ausentes.

El malestar aumenta y Dafne toma una de las pastillas que le ha recetado Montse para dormir. Está destemplada, hace más de una semana que no duerme toda una noche de tirón y la historia de Montse le ha dejado el cuerpo desmadejado y sin energía.

Y es que da mucha pereza, a mi edad, comenzar de nuevo, se dice a sí misma Dafne. Yo no he sido una alcohólica como Lorenzo, pero sí una workaholica, mi vida ha sido mi trabajo y lo que ahora tengo no es ni más ni menos que síndrome de abstinencia de mis viejas rutinas, mis certezas, mis creencias más firmes. Mi mundo está vuelto del revés y yo estoy a punto de enfermar huérfana de referentes, perdida en este nuevo mundo que no entiendo. Sería estupendo dejarse ir, desaparecer , desintegrarse en el universo y dejar de pensar, de sufrir, de ser... 

El sueño la vence lentamente y Dafne entra en la nebulosa del sueño inducido del que despierta doce horas más tarde con la firme creencia que debe buscar a sus iguales, debe unirse a los que como ella quieren inaugurar un nuevo mundo sin jefes, sin dependencias, en libertad.















sábado, 17 de mayo de 2014

Middlescence, ThirdAge in New York. La revolución madurescente, capítulo 6


"Cambiaría el más bello atardecer del mundo por una sola visión de la silueta de Nueva York. Particularmente cuando no se pueden ver los detalles. Sólo las formas. Las formas y el pensamiento que las hizo. El cielo de Nueva York y la voluntad del hombre hecha visible. ¿Qué otra religión necesitamos?. Y entonces la gente me habla de peregrinaciones a algún agujero infecto en una jungla, a donde van a homenajear a un templo en ruinas, a un monstruo de piedra con barriga, creado por algún salvaje leproso. ¿Es genio y belleza lo que quieren ver?. ¿Buscan un sentido de lo sublime?. Dejadles que vengan a Nueva York, que vengan a la orilla del Hudson, miren y se pongan de rodillas. Cuando veo la ciudad desde mi ventana -no, no siento lo pequeña que soy- sino que siento que si una guerra viniese amenazar esto, me arrojaría a mí misma al espacio, sobre la ciudad, y protegería estos edificios con mi cuerpo".  El Manantial - película de King Vidor sobre la novela de Ayn Rand

Dafne es urbana, tan de ciudad que si pasa un fin de semana en la montaña, se despierta por la noche sobrecogida por el silencio. Tan de ciudad, que el aire purísimo del Pirineo la marea, que le parece más exótica una gallina viva que el más sofisticado perrito de compañía. Tan de ciudad que en el pueblo de Manuel languidecía sin remedio, a pesar de los paseos por el bosque y el concierto de cigarras en verano. 

Por eso se enamora de Nueva York nada más aterrizar. Porque es la CIUDAD, así en mayúsculas. Tal como la había imaginado y tal como aparece en las mil y una película que la tienen como protagonista.

Andrés, su hijo, va a recogerla al aeropuerto y la pasea en el taxi de un amigo por calles que ella ya ha recorrido en su imaginación, viendo películas de Woody Allen.

Andrés estudió Producción de Audiovisuales y Espectáculos, un ciclo formativo de grado Superior en el centro que tienen los jesuitas en Sarriá. Estuvo más de un año buscando trabajo y finalmente convenció a Dafne para que le pagara la matrícula para estudiar producción cinematográfica durante un año en la New York Film Academy. La escuela es carísima y Dafne y Manuel pagaron la mitad de la matrícula y el resto lo pagó Andrés trabajando sin descanso durante el año que duró el curso, malviviendo, casi sin comer. 



Al acabar tampoco encontró trabajo de productor, pero decidió quedarse un año más en Nueva York. Alice tiene algo que ver en esto y Dafne está contenta con que su hijo tenga pareja estable, después de la racha de amores contrariados y tormentosos que vivió en Barcelona.

Ahora sobrevive trabajando para una empresa de eventos montando stands en las numerosas ferias de empleo que hay en NY. En todos lo barrios y con frecuencia, los empleadores instalan su puestecito de oferta de trabajo y normalmente exigen baja cualificación y tiempo parcial a cambio de un sueldo bajísimo. No importa si tienes papeles o no. Andrés asistió a tantas de estas ferias, realizó tan variados oficios durante dos semanas, tres, a lo sumo un mes, que finalmente contacto con una de las empresas que colabora en el montaje de estas ferias y se siente más o menos feliz de tener ingresos casi todos los meses. En lugar de ir al gimnasio, transporto carpas, clavo maderos, sujeto enormes carteles..., estoy en forma, mamá, le comenta a su madre.


Vive con Alice y con cuatro españoles más en un piso compartido en Williansbourg en Brooklyn, tan hacinados, que Dafne tiene que pedir refugio a una vieja amiga de la Universidad a la que no ve hace siglos pero a la que había estado muy unida en los gloriosos años de la transición a la democracia en España. 


Paquita, ¡qué tiempos aquellos!, era explosiva, provocadora, curiosa, algo ególatra, encantadora. Era capaz de leer ostentosamente el periódico en clase de Ligüística III, besar aparatósamente al gafotas de la primera fila que seguro que era seminarista y estrenar zapatillas Victoria cada vez que descendían hasta la plaza Cataluña para correr delante de los grises. Insuflaba a Dafne, que era una cagona, la furia necesaria para salir corriendo sin mirar atrás, apretando los puños, casi volando por la calle Tallers en dirección a la plaza Castilla.

Ahora, sola y divorciada, se ha trasladado a vivir con su hija y su yerno australiano a NY y comenzar lo que ella llama "el tercer capítulo".


Ha sido muy difícil, le cuenta a Dafne, cambiar de país, de lengua, de oficio, de cultura... Dejar mi cómodo trabajo en la editorial, mis tardes en el Ateneu, mis clases de escritura creativa... y aprender inglés con más de cincuenta años, rodeada de jovencitos mexicanos, coreanos, polacos, libaneses... sin papeles, en la biblioteca pública de Brooklin que ofrece clases gratuitas, porque me quedé sin un dólar a los dos meses de estar aquí.

El impacto al llegar aquí fue tan grande que apenas salí de casa de mi hija más que para dar la vuelta a la manzana, durante más de quince días. La sensación de estar sola rodeada de miles y miles de personas me pudo. Mi hija y su marido sólo paraban en casa por la noche, para cenar y llegaban tan cansados que apenas tenían ganas ni de hablar ni de cenar algo más que un sandwich, por más que yo me pasara horas y horas en la mini-cocina de su casa preparando elaboradísimos platos de cocina tradicional española. El tema del idioma es mucho más serio de lo que yo creía en España, sobre todo si quieres trabajar. 

No quería ser una carga para ella, y los primeros meses, superado el impacto de la llegada y además de las clases de inglés, me presenté como voluntaria en el NewYork-Presbyterian Hospital en un programa que me comentó mi hija para hacer compañía a ancianos hispanos sin familia o para dar un respiro a los familiares que les acompañan en su estancia en el hospital y permitirles ir a comer, a despejarse, a dormir... Me satisface sentirme útil y ayudar a otros. Creo que es bastante general a nuestra edad el querer "cuidar" de otros a la que nuestros hijos no nos necesitan. Es muy gratificante. Ahora que ha pasado el tiempo es una actividad que sigo realizando y aunque casi no disponga de tiempo, es prioritaria para mí.

En cuanto al trabajo, con mi edad... la verdad es que lo tenía crudo, pero creo que la madurez es una etapa perfecta para emprender, si te falta ímpetu, te sobra experiencia... Mis horas en la cocina preparando menús que nadie se comía impresionaron a mi yerno y primero fue preparar una cena para seis en su empresa para celebrar la captación de un importante cliente, luego me llamó uno de los comensales de esa cena para que preparara el menú de su fiesta de aniversario de boda, y así fui encadenando los pequeños encargos hasta que llegó a oídos de la propietaria de una empresa de catering del barrio mis buenas artes y me ofreció trabajar con ella cuando tuviera una celebración o un banquete importante y ahora... soy la especialista en comida tradicional para eventos familiares.



Y por fin, un año después de mi llegada he podido alquilar este minúsculo apartamento donde ahora estamos, en Park Slope en Brooklin. Y ahora sólo me queda que mi hija me dé un nieto ¡de una santa vez!

Dafne ve poco a su hijo durante su estancia en NY. Pasa mucho tiempo con Paquita y recuperan esa amistad que se perdió en los recovecos de la vida de cada una de ellas dos. Van juntas al hospital, a la tertulia literaria que Paquita ha montado en la biblioteca con un grupo de mujeres hispanas (¡Ah, esa Filología que les sigue entusiasmando a las dos!), pasean por Manhattan, compran en el mercado de Park Slope, improvisan nuevas recetas...

Visitan The Real Park Slope Co-op, una casa en régimen de cohousing en la que Dafne recopila información sobre su funcionamiento para Manuel y su experimento en el pueblo de sus padres. Esto no es ni una comuna, ni un kibbutz, les comenta Rick Van Dike, uno de sus residentes. Aquí compartimos 900 metros cuadrados de áreas comunes, incluyendo una "gran sala" y cocina comunitaria, una sala de juegos para niños y una sala sólo para adultos, cuatro habitaciones para invitados, un patio y una bodega.
Pero cada uno de nosotros dispone de un espacio privado, seguramente más grande que tu apartamento, Paquita... Somos un grupo de extraños con la esperanza de llegar a formar una gran familia. Cada uno tiene su historia y nos une el hecho de que no queremos abandonar New York y si no fuera por esta comunidad deberíamos hacerlo, porque no podemos permitirnos los precios de los alquileres de las viviendas que nos gustan. Todo un personaje este Rick... 

Asisten a un musical en Broadway, se hacen fotos en Times Square, cruzan en un taxi amarillo el puente de Brooklin... la ciudad no se acaba nunca... el tiempo sí.



Paquita prepara en el local del catering una cena de despedida para Dafne a la que asisten Andrés y Alice, Joe y Lydia, las tertulianas de la biblioteca, y las dos amigas. La cena, típicamente española: gazpacho y tortilla de patatas y vino de la Ribera del Duero.

Dafne ha alargado su estancia en NY hasta quince días más de la semana prevista. Podría vivir en New York, le ha encantado reencontrar a Paquita y sabe que volverá una y diez veces más, pero tiene prisa por volver a casa. Algo bulle en su interior y quiere en su ambiente, rodeada de sus cosas, preguntarse a sí misma cómo enfocará ella el tercer capítulo de su vida que será el séptimo de esta historia.




jueves, 8 de mayo de 2014

De JASP a MASP, Maduros aunque sobradamente preparados. La gestión de la edad. Capítulo 5

Capítulo 5: La gestión de la edad

Los Departamentos de Recursos Humanos son en realidad gestores de las Marcas Personales de los profesionales de la organización. Risto Mejide en #ForoBarcelona2014 - AEDIPE


Barcelona es en realidad una ciudad pequeña y amable, piensa Dafne, instalada en un taburete del "Mirablau" con la ciudad a sus pies y mientras espera a Cristina con la que ha quedado entre viaje y viaje.

Recuerda que desde el Sacré Coeur no podía abarcar con la mirada toda la extensión de París. Pero su ciudad está delimitada por el mar y la montaña de Collcerola y por dos ríos, el Besós y el Llobregat y esos límites naturales impiden que crezca más, por mucho que se empeñe el Ayuntamiento en perforar montañas. El último ensanche, el que se extiende más allá del Poble Nou hasta el Forum, aglutina los nuevos negocios, los nuevos oficios, a los nuevos profesionales.




Dafne contempla la nueva ciudad desde el mirador del Pie del Funicular del Tibidabo y siente que nunca formará parte de ese nuevo mundo junto al mar al que Barcelona siempre, hasta ahora, dio la espalda. Ella, que se crió en la parte alta de la ciudad y sólo "bajaba" hasta el mar para subirse a una "golondrina", con una caña de pescar de la que colgaba un cangrejo muerto, y cruzar hasta el antiguo rompeolas, o para comer una paella en familia, con los pies en la arena en los chiringuitos de la Barceloneta.





Ya nada queda del mundo de su infancia. Vive y disfruta de la nueva fachada marítima de Barcelona, como tantos otros barceloneses de su edad: como lo hacen los "guiris", abriendo la boca de puro asombro.

La empresa de Cristina, que es la prima a la que espera Dafne, se trasladó hará ahora un año desde sus viejas oficinas en Les Corts hasta el nuevo barrio, 22@arroba, que así ha bautizado el Ayuntamiento a la nueva "city" de los negocios.

Cristina trabaja desde hace más de 20 años en esta empresa y ha visto como crecía y se expandía desde la pequeñísima empresa familiar, a lo que es hoy en día con 20 sucursales distribuidas por todo el país. 

Desde hace aproximadamente cuatro años la empresa ha frenado su crecimiento y ya no incorpora a jovencitos recién salidos de la Universidad. De hecho hace tres años que no incorpora a nadie... Cristina dice que en las oficinas centrales, en las que ella trabaja, cada empleado realiza el trabajo que hace cinco años realizaban tres trabajadores. Muchas de las contrataciones de hace más de esos cinco años, han cambiado de empresa, han montado su propio negocio o han sido despedidos por diversas causas, y ahora en plantilla hay dos terceras partes del personal que había en el 2008.




Ya han terminado felizmente el traslado a una vieja fábrica del Poble Nou que han reformado y modernizado, con ese estilo tan barcelonés entre sofisticado y minimalista, ladrillo y cristal, que hace algo inhóspito el nuevo despacho, en el que no le dejan a Cristina poner ni una sola foto, cachivache o detalle que pueda alterar el estilo del conjunto.

Pero Cristina está contenta. Al llegar al Mirablau y después de ponerse al día las dos primas, le cuenta a Dafne que ha entrado en un programa piloto "intergeneracional". Dicen que es un programa pionero en nuestro país que será en breve el país más envejecido de Europa y en el que los pocos jóvenes que hay suficientemente preparados, huyen a la que pueden al extranjero porque aquí no hay trabajo para ellos y si lo hay está malísimamente mal pagado.

A ella y a cinco personas más la han seleccionado porque tiene más de 50 años y lleva más de diez en la empresa. En el grupo son doce y, según les explicaba el director de Recursos Humanos, representan todos los perfiles de la empresa. 

El programa se llama "Sharing Diversity", así en inglés, que parece más moderno. Ha comenzado hace apenas quince días y Cristina se ha convertido en formadora interna. Tiene que preparar una sesión para sus compañeros sobre modelos de compensación y de evaluación de competencias, dos temas que le apasionan y los que ha dedicado muchísimas horas de trabajo, de investigación... Ha asistido a cuanta Jornada, Congreso, seminario ha podido y sabe que es una gran especialista en el tema. A cambio de esta sesión recibirá soporte de un mentor de 28 años que le ayudará a perder el miedo a LinkedIn, Twitter y todos los modernos sistemas de networking y comunicación profesional y cómo incorporar las herramientas en "la nube" al trabajo cotidiano, "mentoring inverso", le llaman...




Estoy excitadísima, dice Cristina. Estoy preparando la sesión y te aseguro que no había estudiado tanto en mi vida. Menos mal que Marcos, mi jovencísimo mentor, me enseñó el otro día a suscribir información en Internet... Imagina Dafne: Google me envía cada día las novedades sobre aquella información que yo le solicito. ¡Se acabó el navegar sin rumbo! ¡Se acabó tener que bucear entre millones de resultados! ¡Sólo las novedades! Y me ha dicho Marcos que, a la que descubra Twitter, no podré prescindir de esa herramienta para preparar mis "clases". 

Me he comprado un smartphone enorme, (la presbicia no perdona, y necesito pantallas grandes), y puedo consultar esas novedades en cualquier momento y en cualquier lugar, por ejemplo en el metro, por la mañana, mientras me desplazo hasta el trabajo. No sabes cómo me cunde el tiempo desde que tengo este aparatejo.

No me mires así, Dafne. Ya sé que no hace tanto aseguraba que jamás usaría el móvil para algo que no fuera llamar por teléfono, pero ahora..., ya ves, incluso consulto las noticias del periódico en el smartphone y te confieso que en la consulta del médico, el otro día, comencé a jugar a Candy Crush y ¡me encanta!

http://w27.bcn.cat/porta22/cat/

Volviendo al programa "Sharing Diversity", el otro día mi jefe me citó para realizar mi balance de lo que le llaman "media carrera". Se trataba efectivamente de hacer un balance de las competencias que domino, establecer las que debería dominar en los próximos meses para poder trazar a continuación un proyecto profesional de futuro acorde con los nuevos escenarios y las nuevas necesidades de la empresa. 

Te aseguro que al principio me sonó a lo que ha estado sucediendo en los últimos años: Con la excusa de una evaluación de competencias, disponer de los argumentos para ponerme de patitas en la calle. Pero parece que esta vez no va de eso y que piensan contar conmigo unos cuantos años más. Está claro que o me reciclo o me quedo fuera de juego, pero les honra el hecho de plantearse que no soy un trasto viejo sino que hay que darme acceso a nuevas herramientas, nuevos aprendizajes, para que la segunda parte de mi carrera profesional sea provechosa para mí y para mi organización. 

Dafne no sale de su asombro. Acudió al encuentro con su prima convencida de que sólo ella tenía cosas que contar y el renacimiento del entusiasmo por su trabajo de Cristina la tiene descolocada. Cristina siempre fue algo "gris", una hormiguita que desprendía sentido de la responsabilidad, pero no iniciativa, energía, empuje. Estaba desconocida, puro optimismo y ganas de vivir... ¡sorprendente!

Y esto es sólo el principio, continúa Cristina. En el grupo "intergeneracional" hemos comenzado a elaborar el "mapa del conocimiento" de la organización. A mí y a Quico ¿le recuerdas?, vino con su mujer al viaje que hicimos a Venecia, fue durante mucho tiempo jefe de operaciones y ahora coordina a las empresas en las que han externalizado algunos de los servicios, bueno, pues a nosotros dos nos han encargado  especialmente que "contemos" (porque nos han pedido un "cuento", "storytelling" le llaman, porque el inglés tiene o inventa palabras ajustadas para todos los casos) la historia de la empresa de forma que se evidencien sus valores fundacionales. 


Y el otro día recorrimos con Quico todas las instalaciones de los servicios centrales entrevistando a los "viejos del lugar" y grabando las entrevistas con mi smarphone. Lo pasamos genial y hemos recogido un material interesantísimo, historias que ya nadie recordaba y que fueron en su momento hitos fundamentales en la compañía. ¡Una gozada!

Así que nuestra aportación al mapa tiene que ver con la cultura y el entorno de nuestra empresa, pero otras "parejas" trabajan las fuentes del conocimiento, los procesos de conocimiento, los "activos" de nuestro conocimiento organizacional... en fin que descubriremos en realidad cual es nuestra riqueza competitiva: nuestro conocimiento colectivo diferencial.

Pero bueno, apostilla Dafne, ¿cómo ha podido cambiar tanto tu empresa? Siempre habías comentado que era una empresa muy tradicional, conservadora... Lo que me cuentas es ¡absolutamente novedoso!

Sí, es sorprendente ¿verdad?, sigue Cristina. Pero no ha quedado más remedio. O todos aportamos el máximo de nuestros conocimientos y los compartimos, o todos nos sentimos parte del nuevo proyecto de la empresa, o esta se va a pique y se nos come la competencia. No se trata sólo de que "yo" me transforme, renazca, se trata de que lo haga la empresa y la empresa somos todos y cada uno de sus empleados.

Cristina ha dejado a Dafne pensativa. Cada persona con la que se encuentra, cada paso que da le muestra los síntomas de la gran revolución que se está cociendo en el mundo del trabajo. Emergen nuevas empresas, mueren otras, cambian los oficios, las profesiones, cambian las relaciones laborales, evoluciona el pacto entre la empresa y sus empleados. 

Las grandes pirámides jerárquicas caerán por el empuje del trabajo colaborativo porque los profesionales pueden ahora, y no sólo gracias a la tecnología, reunirse en línea y crear valor compartido sin la intermediación de una organización. Los trabajadores ya no son los engranajes de una rueda, empiezan a ser de verdad los activos del negocio.

Y los trabajadores maduros, los Golden Workers como Cristina, como Quico, como Manuel, como la misma Dafne, serán personajes principales de este nuevo escenario en el que la participación, la colaboración y la capacidad e relación social son las nuevas competencias necesarias.

Y al llegar a casa, Dafne enciende el ordenador y comienza su búsqueda de experiencias de "Gestión de la Edad" y de "Programas de Reactivación de Golden Workers" en los Estados Unidos, en concreto en el área de Nueva York, a dónde volará en el próximo capítulo.



viernes, 2 de mayo de 2014

Nuevas formas de convivir. La revolución de los Golden Workers . Capítulo 4

Capítulo 4: Cohousing y pisos patera. 

Vania Comoretti
Dafne llega a casa comida por la ansiedad. Su visita al despacho de Pedro ha abierto la caja de los truenos. Está confusa, rabiosa, preocupada, en plena ebullición.

Se dará una tregua, una pequeña pausa, un respiro. Lo mejor será viajar, alejarse de Barcelona. Sabe que salir huyendo no es la solución, pero necesita un paréntesis, tomar distancia y serenarse antes de continuar su lucha. Tiene una buena excusa, sus hijos, Paloma en París y Andrés en Nueva York. Los visitará antes de reemprender la búsqueda de su nuevo lugar bajo el sol.



Vania Comoretti
Vania Comoretti



















Los días siguientes se convierten en un frenético ir y venir de Dafne. Pasaporte, visados, llamadas de teléfono, billetes de avión, reserva de hoteles, compras de regalos y de lo imprescindible para pasar un mes fuera de casa...

Hablando con Paloma se entera de que Manuel, el padre de sus hijos (que así le llama ahora), está también sin trabajo, bueno, no exactamente. Estuvo en París con ella hace un par de meses y le contó que habían cerrado la empresa en la que trabajaba desde hacia más de cuarenta años. 


Vania Comoretti

Manuel ronda los sesenta años empezó como "botones", haciendo recados y franqueando la correspondencia. El día en que cerró la empresa en su tarjeta de visita ponía "Director de Recursos Humanos" y fue el último en echar el cierre después de un largo proceso de reducción progresiva de la plantilla hasta su desaparición total que le tuvo casi sin dormir durante más de tres meses.

Al principio intentó buscar empleo en la misma posición, director de recursos Humanos, en la que había trabajado tantos lustros, pero todo lo que le ofrecían estaba tan por debajo de sus expectativas tanto profesionales como económicas que optó por dar un golpe de timón a su carrera y comenzar de nuevo. 

Manuel ha vuelto al pueblo donde nació. Se ha liado la manta a la cabeza y con un grupo de cincuentones y sesentones parados y sin esperanzas de encontrar empleo, ha montado una cooperativa de trabajo asociado y en pacífico "cohousing" y "coworking" conviven en la enorme casa que fue de sus abuelos y ofrecen al pueblo que se ha quedado en los 800 habitantes todo tipo de servicios, desde asesoramiento fiscal, hasta atención a mayores dependientes, pasando por talleres de huerto y jardinería, alfabetización digital, contabilidad...

Manuel ha seleccionado cuidadosamente a sus compañeros de aventura, por algo ha trabajado en RRHH tantos años. Le interesaba la diversidad en el sentido más amplio de la palabra, edades, profesiones, hobbies, habilidades, costumbres diversas, y una cierta homogeneidad en los valores que les permita una convivencia pacífica y ofrecer todo un abanico de servicios. Son siete aventureros, siete cooperativistas, alguno con pareja, otros con padre o madre dependiente, la mayoría con hijos a los que ven poco. En total conviven en la casa 12 personas, repartidas en siete mini-apartamentos.
  
En la planta baja del caserón han organizado un centro de día donde se imparten los talleres y cuatro amplios despachos/consultas que utilizan los cooperativistas para realizar su trabajo. Hay también en esa planta un comedor comunitario que se ofrece además como restaurante económico y que lleva Pepe, un ex-empleado de banca que por fin ha podido desarrollar su vocación eterna de "cocinillas" más allá de la paella de los domingos, y una sala de estar con ocho puntos de conexión a internet y una pantalla de televisión de 65" pulgadas en la que ven en comunidad el fútbol, las películas que alquilan en internet...

En el pajar que tiene adosado el caserón han instalado la lavandería común y el garaje, donde guardan dos coches que comparten registrándose para su uso en un estricto calendario.

Los cooperativistas viven en pequeños apartamentos que han acondicionado en la segunda y la tercera planta. La tercera planta era un enorme desván donde encontraron hasta billetes de la República y que han reconvertido en tres mini-apartamentos con su baño completo y su cocina americana... El el primer piso los apartamentitos son cuatro. La independencia de los miembros de la cooperativa es fundamental y los espacios de trabajo no se mezclan con los de la vida privada si uno no quiere.

Manuel lleva la gestión de la cooperativa, las negociaciones con el Ayuntamiento al que ofrece sus servicios y las relaciones con proveedores y clientes. Han copiado el modelo danés Andel de Cooperativas de Cesión de Uso, que promueve el cohousing en la madurez.

Aún no han comenzado a trabajar, pero la casa está casi lista y antes de iniciar el nuevo proyecto Manuel, como Dafne, ha decidido visitar a sus hijos. 


Vania Comoretti
Paloma comenta a su madre que está deseando ir al pueblo y ver en qué se ha convertido la casa de los abuelos que recuerda como un caserón frío e inhóspito, lleno de rincones en los que esconderse. La visita de su padre la llenó de alegría, lo vio pletórico, lleno de energía, renovado...

Dafne está atónita. Todo a su alrededor se transforma, cambia, evoluciona... menos ella.

Días después, comienza su viaje. Primero París al que viaja en AVE, cinco horas en tren, ¡un milagro!

Ha reservado un hotel modesto en el Marais porque no quiere invadir el espacio de su hija, pero después de dejar su maleta, corre a visitarla. 


Vania Comoretti
Paloma vive en ese mismo barrio, el "Marais", en un enorme piso en el que convive con la propietaria, una exquisita viejecita que ha resuelto su vejez alquilando habitaciones a bajo precio a estudiantes, a cambio de que la ayuden en la limpieza de la casa, la compra, la cocina y sobre todo le hagan compañía en las frías noches del invierno parisino. Además de Paloma, viven en la casa Giovanni estudiante de filosofía de Pisa, Gustaaf, holandés que toca el violín en el metro y estudia piano, y Alicia que es maña y trabaja de camarera en un pequeño bistrot además de ser la que más colabora en la casa. Alicia dejó los estudios el año pasado, dice que prefiere invertir su dinero en otras cosas y que el precio que vale la Universidad comparado con las oportunidades de trabajo que ofrece una vez acabas es tan alto, que no merece la pena.

Paloma no está de acuerdo. Quiere acabar psicología y dedicarse a Recursos Humanos como hizo su padre durante tantos años. Compagina las clases del último año de carrera trabajando una horas a mediodía en el comedor de una Escuela reforzando la hora punta de la comida. Se le da bien tratar con niños y no descarta hablar con el director al acabar la carrera para seguir en la escuela trabajando en lo que sea.

No piensa en volver a Barcelona. Le gusta París y echa de menos pocas cosas de su ciudad, las terrazas, el clima, alguna amiga, la tortilla de patatas o las croquetas de su madre..., pero se ha adaptado perfectamente al estilo de vida francés.


V. Comoretti

Vive con poco pero no necesita más. Valora mucho su tiempo y no piensa enterrarse en un trabajo de sol a sol como lo hicieron sus padres. Total... "vivir para trabajar"..., para comprar una casa en la que ahora no quiere vivir ni su madre, para comprar un coche que no usa nadie, o un apartamento en la Costa Brava al que no pueden ir porque no llega el presupuesto para pasar los fines de semana fuera de Barcelona... Piensa que sus padres han perdido los mejores años de su vida trabajando como esclavos para nada.


Además Paloma está muy enamorada de Asil. Se conocieron en la sede de SqEK (Squatting Europe Kollective) en una fiesta para recaudar fondos para los "sin techo" de la ciudad. Asil es parisino de origen turco, estudió un año de Ciencias Políticas. Lo dejó decepcionado. Conoce todos los rincones alternativos de París, los mercadillos de trueque, los edificios okupados, los comedores de las ONG's que te ahorran un día de restaurante. Trabaja en la taquilla de un cine a cambio de un sueldo miserable, y sabe que el negocio está a punto de cerrar. Vive en un piso-patera con 15 colegas más en el 18ème, en La Goutte d'Or, un barrio poco recomendable para alguien como Paloma, piensa Asil, pero que es el barrio en el que nació y que le encanta por su diversidad, su colorido, y el mercado en Barbes de los sábados. Se ha acostumbrado a buscar su cama a tientas saltando por encima de los colchones que hay por toda la casa y que además de los 15 inquilinos habituales, acogen a menudo a colegas, parientes y amigos de paso. 



Dafne invita a cenar a Paloma y Asil. Asil llega con retraso, tiene una hora y media entre sesión y sesión y Dafne lo contempla con algo de aprensión, las rastas..., los pantalones tan bajos..., pero el brillo en los ojos de Paloma compensan sus manías. Son jóvenes, se dice, ¡cambiarán!

No puede evitar un punto de preocupación. Toda su vida trabajando y no ha podido darle a sus hijos una vida mejor que la suya, o ¿tal vez sí? Seguramente ni ellos, ni tampoco Dafne vivirán nunca como hace diez años. No tienen un céntimo, pero seguramente sus aspiraciones poco tienen que ver con lo que ella soñaba a los veinte años. Viven en precario, pero disfrutan seguramente más de la vida que lo que ella haya disfrutado nunca. ¿O tal vez no?

Por primera vez Dafne es consciente de que no conoce a su hija. Le horroriza la inseguridad, la provisionalidad de todo lo que la rodea. Ella a su edad... Ella a su edad salió de casa de sus padres para casarse con su primer novio, el único hombre que ha conocido hasta ahora y seguramente, el único hombre de su vida... Ahora es consciente de que su vida fue planificada al milímetro aunque no sabría decir por quién, no quiere culpar a sus padres, la coyuntura, la sociedad de la época...: Se casó a los 24 años, un año después de acabar la carrera. Trabajaba entonces como secretaria en la empresa que acaba de despedirla. Su padre le había conseguido el puesto porque era amigo de uno de los directivos de la empresa. En tres años, dos hijos, la parejita...

Y ahora Paloma es ya una adulta y Dafne tiene la tentación de pedirle consejo. También ella está empezando.

Vuelan los días en París y Dafne tiene que volver a casa. Ha convivido estos días con su hija con más intensidad que cuando vivía en casa. La ha acompañado al colegio en el que trabaja, ha charlado tardes enteras con Mme. Blanchart, la dueña del piso en el que vive, ha acabado acostumbrándose a la energía y el optimismo de Asil, han ido de tiendas y hasta un día Paloma ha hecho de guía turística de su madre por el París más típico.

En el AVE Dafne empieza a escribir compulsivamente. Mezcla recuerdos con las experiencias de estos últimos días. Ha sido bueno salir de Barcelona. Ha sido beneficioso para ella pasar unos días con Paloma. No sólo por estar cerca de su hija. Le ha hecho mucho bien ver como todos, no importa la edad, debemos resituarnos, reinventarnos ante un escenario que todavía no tiene definidas las reglas de juego, pero que nada tiene que ver con el viejo mundo del siglo XX.

Y la semana que viene saldrá rumbo a Nueva York. Acabará de dibujar el nuevo escenario en el que pasar el tercer capítulo de su vida y el quinto de esta historia.


V. Comoretti