No tengo edad. A modo de declaración de principios

A MODO DE DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS

(Non ho l’età)


Cuando era pequeña me gané a pulso el apodo de “Gran Houdini”, célebre mago y escapista que podía librarse de cualquier atadura y escapar de cualquier encierro. Me contaba a menudo mi madre que me ataban a la trona con varias corbatas de mi padre y no tardaba ni un minuto en desembarazarme de los nudos y deslizarme hasta el suelo en una alocada carrera a cuatro patas, ya que ni andar sabía todavía.



En cierta ocasión, y de eso había constancia fotográfica que perdí en una de mis muchas mudanzas, me encontraron fuertemente agarrada a la cuerda de una persiana, en la parte más alta de una ventana que tenía esos mecanismos antiguos que enrollaban la persiana al accionar una palanca. Contaba mi madre como oía sin verme mi lastimera vocecita, -¡mamá, estoy aquí!- y no daba conmigo.

Siempre he sido más pequeña de lo correspondía a mi edad y bajita me he quedado. Lo que de pequeña me daba una especial habilidad para escabullirme, esconderme, observar sin ser vista, me ha servido más adelante para convertirme en casi invisible espectadora del devenir de mis congéneres y tal vez por eso he dedicado gran parte de mi carrera profesional a lo que, de forma impropia, llamamos Recursos Humanos.

Mi habilidad para el escapismo ha hecho de mí alguien incapaz de echar raíces en ninguna parte, incapaz de sentirme atada a nada ni nadie y así he ido cubriendo etapas vitales en un viaje con innumerables destinos donde lo emocionante es el tránsito, el camino, la expectativa de un nuevo ciclo y no el destino, como bien decía Kavafis:

Cuando emprendas tu viaje a Itaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poseidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.



Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias

a aprender, a aprender de sus sabios.



Ten siempre a Itaca en tu mente.

Llegar allí es tu destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Itaca te enriquezca.



Itaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.



Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Itacas.



C. P. Cavafis.      (traducción, Pedro Bádenas de la Peña)

Me ha sido fácil, casi siempre, levantar el vuelo hacia un nuevo horizonte cuando las cosas se torcían, y mi infidelidad recurrente me ha abierto las puertas a una curiosidad insaciable y a la necesidad de aprendizaje constante.

Todo esto puede explicar que yo no crea en empresas inmutables, ni en graves diferencias intergeneracionales; que me considere apátrida, enemiga furibunda de cualquier nacionalismo, porque mi patria está donde residen las cosas que amo y eso no responde a ningún lugar en concreto, sino a un espacio mental. Creo en los proyectos arrebatadores que me sacan de mi “zona de confort” y en la asombrosa potencia de conectar aunque sólo sea un momento con otra persona en una mágica simbiosis creadora.

Adoro la soledad de mis días alejada del rumor incesante de la ciudad que me espera más allá de la puerta de mi nido, mi hogar, donde me arranco las máscaras que uso para sobrevivir y dejo a la niña Laura que campe a sus anchas.
No tengo edad, en un mismo día paso de momentos de enternecedora niñez a noches de profunda madurez, de los temores e inseguridades madurescentes a las certezas de ser vieja en el oficio. Ser "bimillenial" me otorga el poder de enfundarme el disfraz que más convenga a cada momento y situación.

No tengo edad, voy saltando de fase, etapa, ciclo… en un devenir viajero que me obliga a renacer, reinventarme, relanzarme, reiniciar la ruta cada cierto tiempo. Por eso no tengo edad y sólo cuento con el presente. Agradezco la maravillosa capacidad de olvido que me han otorgado los dioses, aunque ahora prefieran llamarle desaprendizaje, y la inconmensurable curiosidad de la que estoy dotada que me permite dar siempre un paso más y esperar del mañana un nuevo aprendizaje.

Inicio hoy pues de nuevo el camino, otro más, y hago mías las palabras de León Felipe:



Ser en la vida romero,

romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos.

Ser en la vida romero,

sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero..., sólo romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,

pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.



Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,

ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos

para que nunca recemos

como el sacristán los rezos,

ni como el cómico viejo

digamos los versos.

La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,

decía el príncipe Hamlet, viendo

cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo

un sepulturero.

No sabiendo los oficios los haremos con respeto.

Para enterrar a los muertos

como debemos

cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.

Un día todos sabemos

hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo

la hizo Sancho el escudero

y el villano Pedro Crespo.



Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,

ligero, siempre ligero.



Sensibles a todo viento

y bajo todos los cielos,

poetas, nunca cantemos

la vida de un mismo pueblo

ni la flor de un solo huerto.

Que sean todos los pueblos

y todos los huertos nuestros.



ROMERO SOLO – León Felipe

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