Tarde de sábado en Barcelona ciudad, cuna, nido, familia, patria...

Me encanta meterme en un cine para ver una película porque me atrae el título, sin referencias y... todavía mejor, si sólo la hacen en un cine de mi ciudad y no en 17 como casi todas las pelis americanas.

El sábado pasado escogí casi al azar "Barcelona, abans que el temps ho esborri" de Mireia Ros a la que creía recordar como actriz, confundiéndola con Marilina Ross, la de "La Raulito" y mezclando su imagen con la de Serena Vergano porque en mi memoria la asocio con la "gauche divine" barcelonesa. Total... no había visto nada de Mireia Ros por más que la confunda.


Llevábamos mi amiga Nina y yo un sábado delicioso , construyendo grullas en papel siguiendo las instrucciones de una dulce maestra de origami y asistiendo a continuación a la ceremonia del te en la increíble Casa Asia de Barcelona, rodeadas de gárgolas, capiteles, vidrieras y las maderas nobles del Palau del Baró de Quadras, edificio espectacular de Puig i Cadafalch en la Diagonal.


Salimos de la ceremonia con el alma sosegada, relajadas y festivas. A veces, ese silencio religioso con el que se asiste a ceremonias de culturas lejanas causan un cierto nerviosismo, incluso una cierta hilaridad..., pero por una vez la elegancia y sobriedad de las mujeres que ejecutaron todo el ritual nos produjeron un estado de calma algo extraño. Es cierto que flotaba en el aire cierto aire a respetuoso silencio mortuorio post terremoto y tsunami.

Y en semi-silencio fuimos bajando por el Paseo de Gracia hasta la Rambla Catalunya a la altura del cine Alexandra.


El cine Alexandra ha sido víctima también (ha sido de los últimos) de la furia reformista que ha convertido los majestuosos cines del Eixample barcelonés (Publi, Coliseum, Alcázar, Comedia, Tivoli, Novedades, Savoy...) en el mejor de los casos y por partenogénesis en "salitas" minúsculas.

El Alexandra ha cedido a esta moda y ya no se puede descender por los enormes pasillos escogiendo la butaca de nuestra preferencia, que era un gesto que anticipaba el placer de la sala a oscuras y la magia de la gigantesca pantalla blanca.

En sala pequeña y pantalla casi de tv de última generación, sin anuncios, sin recomendaciones de apagar el móvil y permanecer en silencio, como si estuviéramos en el salón de casa, se inicia la película, tan bruscamente, que por un momento creemos que hemos vuelto a los años 80 y estamos viendo el corto "progre" que entonces se proyectaba antes de la "peli".


Pero no. Se trata de un documental, un hilván de recuerdos del último miembro de una familia de la alta burguesía de Barcelona. Cien años... cinco generaciones. Desde el inicio hay algo mágico en la película, algo que te engancha y te hace compartir recuerdos, imágenes y vivencias.
Los recuerdos acaban donde empiezan los míos, a finales de los años 50 y principios de los 60...


En todas las familias burguesas hay un bisabuelo o tatarabuelo emprendedor que salió de la más absoluta miseria y se hizo a sí mismo.


Todas las familias tienen un vividor mujeriego y sinvergüenza del que se habla entre risas y con una pizca de orgullo, una mujer fuerte y poderosa que sacó adelante sin ayuda a toda su prole, una historia de amor "fou", tíos, primos, hermanos, cuñados, suegros... con historias singulares. Una aldea, un pueblo de referencia que liga a esta urbana familia burguesa a la naturaleza, pero, por encima de todo... una ciudad, en este caso Barcelona que es el hogar, el entorno de la familia, el lugar de encuentros y desencuentros, el nido, el espacio de seguridad, la patria.


Y en ese sentido es maravillosa la película.


Todos tenemos fotos en sepia casi idénticas a las que aparecen en el film, veranos de la infancia, llenos de risas, excursiones, bicicletas y comidas en el campo. Fotos amarillentas de bodas de desconocidos o de familiares, ellas con sombreros imposibles, ellos con frac y pantalón rayado. Fiestas con vaporosos y abultados trajes de noche y sonrisas posadas de foto antigua y niños con pantaloncitos muy cortos y lazos y más lazos... Y las grúas en la Sagrada Familia y pasear por la Rambla Catalunya de bajada y el Paseo de Gracia de subida... y las Ramblas y las granjas de la calle Petritxol...


Y guardamos en un rincón de la memoria esa mirada envidiosa a las señoras que salían entre pieles y joyas del Liceo, esa burguesía hija del estraperlo que denostábamos en público y envidiábamos en soledad.


Y si bien yo no visité ninguna de las casas burguesas de la parte alta de la calle Muntaner, tan cercanas a donde yo vivo en este momento, sí conocí torres y pisos de la parte alta de la ciudad de más de 500 metros cuadrados donde vivían amigas del colegio que se burlaban cruelmente de las niñas que tenían acento catalán.


Magnífica película, magnífica tarde de sábado.




Y al llegar a casa, me desbordan los recuerdos que dan continuidad a la película... los tristes años 60 de la Barcelona de Porcioles. No dan para una película tan hermosa. Pero sí para mi película, la de mis años de aprendizaje y esos... son siempre los mejores años....





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