Historia de un cuadro familiar














Sorolla





Para mi hermano Rafael. Si quieres que alguien te oiga con el corazón, háblale con los ojos.




Todos tenemos una historia. Cada uno de nosotros tiene algo que contar. No somos más que una acumulación de experiencias, expectativas, sueños, un montón de historias: las que queremos contar, las que queremos ocultar, las que pensamos que nos describen, las que inventamos para ser mejores a los ojos de los demás y que acabamos creyendo porque nos hacen mejores...
Las que nos cuentan de nosotros mismos y no reconocemos. Las que soñamos, las que construimos en el aire, las que empiezan siendo apenas una chispa que prende una cerilla, que prende una vela, que acaba incendiando nuestra alma...


Todos somos historia. En la mirada de cada uno de nosotros se esconde ese secreto, ese misterio que nos define y que a veces nosotros ni siquiera intuimos, que los demás ven y nosotros daríamos lo que fuera por saber... ¿qué ve el otro? ¿qué es lo que está viendo el otro de mí? 


Cuando era muy pequeña me subía al taburete del cuarto de baño y hablaba con mi otro yo, la que estaba en el espejo. Le contaba fantaseando lo que había hecho durante el día, mentiras que me creía, que se creía Laura. Desde muy pequeña me ha gustado contar historias, fábulas, leyendas, sucedidos, misterios... Pero sobre todo me gusta que me cuenten historias, que yo paladeo, reconstruyo, y transformo más tarde.


Llevo mal el silencio. Cuando alguien esconde, cuando alguien calla, me inquieto. Prefiero la mentira, prefiero la fábula, la ensoñación... al silencio.

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