Tango madurescente

¡Al fin sola!, aunque sólo sea por unas horas. Rodeada del profundo silencio de un pueblo pequeño del Ampurdán en invierno. Mecida por la suave música de tango electrónico de fondo para aplacar mis miedos de urbanita recalcitrante y la luz del flexo sobre la libreta en la que escribo para mantener el viejo oficio de amanuense antes de transcribir nada al ordenador...


Hacer balance, buscar en mi memoria las diferentes fases de mi crisis madurescente y los pasos que me han traído hasta este presente preñado de posibilidades, tan nuevo, tan por estrenar, tan luminoso y sereno, por más que se empeñen en amenazarnos con restricciones, recortes, ahorros, escaseces...


Mi espíritu está por echar la casa por la ventana, airear, ventilar todos los rincones oscuros desde la sonrisa hasta la carcajada, aire sonoro, música de la alegría.


Corría el 2004 o tal vez el 2005 cuando comenzó la extraña sensación de insatisfacción, la insoportable vivencia de estar de nuevo presionada, forzada, empujada a una serie de cambios ni solicitados, ni esperados que se iniciaron en mi vida laboral para irse extendiendo a todos los escenarios de mi vida.


La vida cambia profundamente cuando tus padres enferman y mueren, cuando pasan de ser tu refugio, tu nido, a ser frágiles pajarillos, rebeldes como niños..., pasan a ser tus hijos.


Algo se rompe dentro, muy dentro que te impulsa a la certeza de la madurez alcanzada, a la certeza de estar en la primera línea del frente y por primera vez empiezas a sospechar que se acabó el esperar tiempos mejores, otras oportunidades, golpes de suerte: Esto es lo que hay, la vida es escasa casi siempre, y con estos mimbres tienes que construir los cestos que llenen tu presente.


Y hasta tu cuerpo casi ignorado por ti hasta entonces, comienza su proceso transformador para enfrentarse a este nuevo estadio y llega el día en que te miras al espejo de reojo, como si miraras a otra, y ves en ti misma un gesto más de tu madre que tuyo que vivía escondido en un pliegue de la memoria.



Puedes enfrentarte a esta profunda revolución interior de muchas maneras; la más habitual, por lo menos entre muchos de los que me rodean, pasa por asentar firmemente los pies en la tierra y afirmar con convicción: de aquí no me moverán.
Inamovibles, aferrados a viejas costumbres y rutinas, esperan la hora de la jubilación cada vez más lejana y el lento apagarse del fuego de los días.


Otros y creo que es mi caso, iniciamos una frenética huida hacia delante que reviste diferentes disfraces pero que pasa por la ilusión de creer que se puede ser "otro", que se puede tener una vida "nueva".


Mis gloriosos e intensos años en Sevilla escondían la certeza de vivir una ilusión, un paréntesis, un alto en el camino para coger fuerzas hasta reencontrar realmente la "pasión de vivir", el motor de mi vida, la fuerza perdida, mejor dicho escondida agazapada hasta descubrir de nuevo en el horizonte el objeto de mis sueños adolescentes.


Así que de nuevo frente al espejo, preguntándome como entonces ¿qué quieres ser de mayor, Laura?, revolución "MADURESCENTE" esta vez porque no quiero renunciar a lo aprendido, a lo disfrutado, amado, admirado, deseado, que eso es la MADUREZ, el lento paladeo de sabores conocidos y apreciados, la sabiduría antigua  de la alquimia del placer: una cucharada plena de pasión, un pellizco de sentido común, unas gotas de paciencia, una copa de curiosidad y alegría y optimismo sin medida.


 

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