Middlescence, ThirdAge in New York. La revolución madurescente, capítulo 6


"Cambiaría el más bello atardecer del mundo por una sola visión de la silueta de Nueva York. Particularmente cuando no se pueden ver los detalles. Sólo las formas. Las formas y el pensamiento que las hizo. El cielo de Nueva York y la voluntad del hombre hecha visible. ¿Qué otra religión necesitamos?. Y entonces la gente me habla de peregrinaciones a algún agujero infecto en una jungla, a donde van a homenajear a un templo en ruinas, a un monstruo de piedra con barriga, creado por algún salvaje leproso. ¿Es genio y belleza lo que quieren ver?. ¿Buscan un sentido de lo sublime?. Dejadles que vengan a Nueva York, que vengan a la orilla del Hudson, miren y se pongan de rodillas. Cuando veo la ciudad desde mi ventana -no, no siento lo pequeña que soy- sino que siento que si una guerra viniese amenazar esto, me arrojaría a mí misma al espacio, sobre la ciudad, y protegería estos edificios con mi cuerpo".  El Manantial - película de King Vidor sobre la novela de Ayn Rand

Dafne es urbana, tan de ciudad que si pasa un fin de semana en la montaña, se despierta por la noche sobrecogida por el silencio. Tan de ciudad, que el aire purísimo del Pirineo la marea, que le parece más exótica una gallina viva que el más sofisticado perrito de compañía. Tan de ciudad que en el pueblo de Manuel languidecía sin remedio, a pesar de los paseos por el bosque y el concierto de cigarras en verano. 

Por eso se enamora de Nueva York nada más aterrizar. Porque es la CIUDAD, así en mayúsculas. Tal como la había imaginado y tal como aparece en las mil y una película que la tienen como protagonista.

Andrés, su hijo, va a recogerla al aeropuerto y la pasea en el taxi de un amigo por calles que ella ya ha recorrido en su imaginación, viendo películas de Woody Allen.

Andrés estudió Producción de Audiovisuales y Espectáculos, un ciclo formativo de grado Superior en el centro que tienen los jesuitas en Sarriá. Estuvo más de un año buscando trabajo y finalmente convenció a Dafne para que le pagara la matrícula para estudiar producción cinematográfica durante un año en la New York Film Academy. La escuela es carísima y Dafne y Manuel pagaron la mitad de la matrícula y el resto lo pagó Andrés trabajando sin descanso durante el año que duró el curso, malviviendo, casi sin comer. 



Al acabar tampoco encontró trabajo de productor, pero decidió quedarse un año más en Nueva York. Alice tiene algo que ver en esto y Dafne está contenta con que su hijo tenga pareja estable, después de la racha de amores contrariados y tormentosos que vivió en Barcelona.

Ahora sobrevive trabajando para una empresa de eventos montando stands en las numerosas ferias de empleo que hay en NY. En todos lo barrios y con frecuencia, los empleadores instalan su puestecito de oferta de trabajo y normalmente exigen baja cualificación y tiempo parcial a cambio de un sueldo bajísimo. No importa si tienes papeles o no. Andrés asistió a tantas de estas ferias, realizó tan variados oficios durante dos semanas, tres, a lo sumo un mes, que finalmente contacto con una de las empresas que colabora en el montaje de estas ferias y se siente más o menos feliz de tener ingresos casi todos los meses. En lugar de ir al gimnasio, transporto carpas, clavo maderos, sujeto enormes carteles..., estoy en forma, mamá, le comenta a su madre.


Vive con Alice y con cuatro españoles más en un piso compartido en Williansbourg en Brooklyn, tan hacinados, que Dafne tiene que pedir refugio a una vieja amiga de la Universidad a la que no ve hace siglos pero a la que había estado muy unida en los gloriosos años de la transición a la democracia en España. 


Paquita, ¡qué tiempos aquellos!, era explosiva, provocadora, curiosa, algo ególatra, encantadora. Era capaz de leer ostentosamente el periódico en clase de Ligüística III, besar aparatósamente al gafotas de la primera fila que seguro que era seminarista y estrenar zapatillas Victoria cada vez que descendían hasta la plaza Cataluña para correr delante de los grises. Insuflaba a Dafne, que era una cagona, la furia necesaria para salir corriendo sin mirar atrás, apretando los puños, casi volando por la calle Tallers en dirección a la plaza Castilla.

Ahora, sola y divorciada, se ha trasladado a vivir con su hija y su yerno australiano a NY y comenzar lo que ella llama "el tercer capítulo".


Ha sido muy difícil, le cuenta a Dafne, cambiar de país, de lengua, de oficio, de cultura... Dejar mi cómodo trabajo en la editorial, mis tardes en el Ateneu, mis clases de escritura creativa... y aprender inglés con más de cincuenta años, rodeada de jovencitos mexicanos, coreanos, polacos, libaneses... sin papeles, en la biblioteca pública de Brooklin que ofrece clases gratuitas, porque me quedé sin un dólar a los dos meses de estar aquí.

El impacto al llegar aquí fue tan grande que apenas salí de casa de mi hija más que para dar la vuelta a la manzana, durante más de quince días. La sensación de estar sola rodeada de miles y miles de personas me pudo. Mi hija y su marido sólo paraban en casa por la noche, para cenar y llegaban tan cansados que apenas tenían ganas ni de hablar ni de cenar algo más que un sandwich, por más que yo me pasara horas y horas en la mini-cocina de su casa preparando elaboradísimos platos de cocina tradicional española. El tema del idioma es mucho más serio de lo que yo creía en España, sobre todo si quieres trabajar. 

No quería ser una carga para ella, y los primeros meses, superado el impacto de la llegada y además de las clases de inglés, me presenté como voluntaria en el NewYork-Presbyterian Hospital en un programa que me comentó mi hija para hacer compañía a ancianos hispanos sin familia o para dar un respiro a los familiares que les acompañan en su estancia en el hospital y permitirles ir a comer, a despejarse, a dormir... Me satisface sentirme útil y ayudar a otros. Creo que es bastante general a nuestra edad el querer "cuidar" de otros a la que nuestros hijos no nos necesitan. Es muy gratificante. Ahora que ha pasado el tiempo es una actividad que sigo realizando y aunque casi no disponga de tiempo, es prioritaria para mí.

En cuanto al trabajo, con mi edad... la verdad es que lo tenía crudo, pero creo que la madurez es una etapa perfecta para emprender, si te falta ímpetu, te sobra experiencia... Mis horas en la cocina preparando menús que nadie se comía impresionaron a mi yerno y primero fue preparar una cena para seis en su empresa para celebrar la captación de un importante cliente, luego me llamó uno de los comensales de esa cena para que preparara el menú de su fiesta de aniversario de boda, y así fui encadenando los pequeños encargos hasta que llegó a oídos de la propietaria de una empresa de catering del barrio mis buenas artes y me ofreció trabajar con ella cuando tuviera una celebración o un banquete importante y ahora... soy la especialista en comida tradicional para eventos familiares.



Y por fin, un año después de mi llegada he podido alquilar este minúsculo apartamento donde ahora estamos, en Park Slope en Brooklin. Y ahora sólo me queda que mi hija me dé un nieto ¡de una santa vez!

Dafne ve poco a su hijo durante su estancia en NY. Pasa mucho tiempo con Paquita y recuperan esa amistad que se perdió en los recovecos de la vida de cada una de ellas dos. Van juntas al hospital, a la tertulia literaria que Paquita ha montado en la biblioteca con un grupo de mujeres hispanas (¡Ah, esa Filología que les sigue entusiasmando a las dos!), pasean por Manhattan, compran en el mercado de Park Slope, improvisan nuevas recetas...

Visitan The Real Park Slope Co-op, una casa en régimen de cohousing en la que Dafne recopila información sobre su funcionamiento para Manuel y su experimento en el pueblo de sus padres. Esto no es ni una comuna, ni un kibbutz, les comenta Rick Van Dike, uno de sus residentes. Aquí compartimos 900 metros cuadrados de áreas comunes, incluyendo una "gran sala" y cocina comunitaria, una sala de juegos para niños y una sala sólo para adultos, cuatro habitaciones para invitados, un patio y una bodega.
Pero cada uno de nosotros dispone de un espacio privado, seguramente más grande que tu apartamento, Paquita... Somos un grupo de extraños con la esperanza de llegar a formar una gran familia. Cada uno tiene su historia y nos une el hecho de que no queremos abandonar New York y si no fuera por esta comunidad deberíamos hacerlo, porque no podemos permitirnos los precios de los alquileres de las viviendas que nos gustan. Todo un personaje este Rick... 

Asisten a un musical en Broadway, se hacen fotos en Times Square, cruzan en un taxi amarillo el puente de Brooklin... la ciudad no se acaba nunca... el tiempo sí.



Paquita prepara en el local del catering una cena de despedida para Dafne a la que asisten Andrés y Alice, Joe y Lydia, las tertulianas de la biblioteca, y las dos amigas. La cena, típicamente española: gazpacho y tortilla de patatas y vino de la Ribera del Duero.

Dafne ha alargado su estancia en NY hasta quince días más de la semana prevista. Podría vivir en New York, le ha encantado reencontrar a Paquita y sabe que volverá una y diez veces más, pero tiene prisa por volver a casa. Algo bulle en su interior y quiere en su ambiente, rodeada de sus cosas, preguntarse a sí misma cómo enfocará ella el tercer capítulo de su vida que será el séptimo de esta historia.




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