viernes, 2 de mayo de 2014

Nuevas formas de convivir. La revolución de los Golden Workers . Capítulo 4

Capítulo 4: Cohousing y pisos patera. 

Vania Comoretti
Dafne llega a casa comida por la ansiedad. Su visita al despacho de Pedro ha abierto la caja de los truenos. Está confusa, rabiosa, preocupada, en plena ebullición.

Se dará una tregua, una pequeña pausa, un respiro. Lo mejor será viajar, alejarse de Barcelona. Sabe que salir huyendo no es la solución, pero necesita un paréntesis, tomar distancia y serenarse antes de continuar su lucha. Tiene una buena excusa, sus hijos, Paloma en París y Andrés en Nueva York. Los visitará antes de reemprender la búsqueda de su nuevo lugar bajo el sol.



Vania Comoretti
Vania Comoretti



















Los días siguientes se convierten en un frenético ir y venir de Dafne. Pasaporte, visados, llamadas de teléfono, billetes de avión, reserva de hoteles, compras de regalos y de lo imprescindible para pasar un mes fuera de casa...

Hablando con Paloma se entera de que Manuel, el padre de sus hijos (que así le llama ahora), está también sin trabajo, bueno, no exactamente. Estuvo en París con ella hace un par de meses y le contó que habían cerrado la empresa en la que trabajaba desde hacia más de cuarenta años. 


Vania Comoretti

Manuel ronda los sesenta años empezó como "botones", haciendo recados y franqueando la correspondencia. El día en que cerró la empresa en su tarjeta de visita ponía "Director de Recursos Humanos" y fue el último en echar el cierre después de un largo proceso de reducción progresiva de la plantilla hasta su desaparición total que le tuvo casi sin dormir durante más de tres meses.

Al principio intentó buscar empleo en la misma posición, director de recursos Humanos, en la que había trabajado tantos lustros, pero todo lo que le ofrecían estaba tan por debajo de sus expectativas tanto profesionales como económicas que optó por dar un golpe de timón a su carrera y comenzar de nuevo. 

Manuel ha vuelto al pueblo donde nació. Se ha liado la manta a la cabeza y con un grupo de cincuentones y sesentones parados y sin esperanzas de encontrar empleo, ha montado una cooperativa de trabajo asociado y en pacífico "cohousing" y "coworking" conviven en la enorme casa que fue de sus abuelos y ofrecen al pueblo que se ha quedado en los 800 habitantes todo tipo de servicios, desde asesoramiento fiscal, hasta atención a mayores dependientes, pasando por talleres de huerto y jardinería, alfabetización digital, contabilidad...

Manuel ha seleccionado cuidadosamente a sus compañeros de aventura, por algo ha trabajado en RRHH tantos años. Le interesaba la diversidad en el sentido más amplio de la palabra, edades, profesiones, hobbies, habilidades, costumbres diversas, y una cierta homogeneidad en los valores que les permita una convivencia pacífica y ofrecer todo un abanico de servicios. Son siete aventureros, siete cooperativistas, alguno con pareja, otros con padre o madre dependiente, la mayoría con hijos a los que ven poco. En total conviven en la casa 12 personas, repartidas en siete mini-apartamentos.
  
En la planta baja del caserón han organizado un centro de día donde se imparten los talleres y cuatro amplios despachos/consultas que utilizan los cooperativistas para realizar su trabajo. Hay también en esa planta un comedor comunitario que se ofrece además como restaurante económico y que lleva Pepe, un ex-empleado de banca que por fin ha podido desarrollar su vocación eterna de "cocinillas" más allá de la paella de los domingos, y una sala de estar con ocho puntos de conexión a internet y una pantalla de televisión de 65" pulgadas en la que ven en comunidad el fútbol, las películas que alquilan en internet...

En el pajar que tiene adosado el caserón han instalado la lavandería común y el garaje, donde guardan dos coches que comparten registrándose para su uso en un estricto calendario.

Los cooperativistas viven en pequeños apartamentos que han acondicionado en la segunda y la tercera planta. La tercera planta era un enorme desván donde encontraron hasta billetes de la República y que han reconvertido en tres mini-apartamentos con su baño completo y su cocina americana... El el primer piso los apartamentitos son cuatro. La independencia de los miembros de la cooperativa es fundamental y los espacios de trabajo no se mezclan con los de la vida privada si uno no quiere.

Manuel lleva la gestión de la cooperativa, las negociaciones con el Ayuntamiento al que ofrece sus servicios y las relaciones con proveedores y clientes. Han copiado el modelo danés Andel de Cooperativas de Cesión de Uso, que promueve el cohousing en la madurez.

Aún no han comenzado a trabajar, pero la casa está casi lista y antes de iniciar el nuevo proyecto Manuel, como Dafne, ha decidido visitar a sus hijos. 


Vania Comoretti
Paloma comenta a su madre que está deseando ir al pueblo y ver en qué se ha convertido la casa de los abuelos que recuerda como un caserón frío e inhóspito, lleno de rincones en los que esconderse. La visita de su padre la llenó de alegría, lo vio pletórico, lleno de energía, renovado...

Dafne está atónita. Todo a su alrededor se transforma, cambia, evoluciona... menos ella.

Días después, comienza su viaje. Primero París al que viaja en AVE, cinco horas en tren, ¡un milagro!

Ha reservado un hotel modesto en el Marais porque no quiere invadir el espacio de su hija, pero después de dejar su maleta, corre a visitarla. 


Vania Comoretti
Paloma vive en ese mismo barrio, el "Marais", en un enorme piso en el que convive con la propietaria, una exquisita viejecita que ha resuelto su vejez alquilando habitaciones a bajo precio a estudiantes, a cambio de que la ayuden en la limpieza de la casa, la compra, la cocina y sobre todo le hagan compañía en las frías noches del invierno parisino. Además de Paloma, viven en la casa Giovanni estudiante de filosofía de Pisa, Gustaaf, holandés que toca el violín en el metro y estudia piano, y Alicia que es maña y trabaja de camarera en un pequeño bistrot además de ser la que más colabora en la casa. Alicia dejó los estudios el año pasado, dice que prefiere invertir su dinero en otras cosas y que el precio que vale la Universidad comparado con las oportunidades de trabajo que ofrece una vez acabas es tan alto, que no merece la pena.

Paloma no está de acuerdo. Quiere acabar psicología y dedicarse a Recursos Humanos como hizo su padre durante tantos años. Compagina las clases del último año de carrera trabajando una horas a mediodía en el comedor de una Escuela reforzando la hora punta de la comida. Se le da bien tratar con niños y no descarta hablar con el director al acabar la carrera para seguir en la escuela trabajando en lo que sea.

No piensa en volver a Barcelona. Le gusta París y echa de menos pocas cosas de su ciudad, las terrazas, el clima, alguna amiga, la tortilla de patatas o las croquetas de su madre..., pero se ha adaptado perfectamente al estilo de vida francés.


V. Comoretti

Vive con poco pero no necesita más. Valora mucho su tiempo y no piensa enterrarse en un trabajo de sol a sol como lo hicieron sus padres. Total... "vivir para trabajar"..., para comprar una casa en la que ahora no quiere vivir ni su madre, para comprar un coche que no usa nadie, o un apartamento en la Costa Brava al que no pueden ir porque no llega el presupuesto para pasar los fines de semana fuera de Barcelona... Piensa que sus padres han perdido los mejores años de su vida trabajando como esclavos para nada.


Además Paloma está muy enamorada de Asil. Se conocieron en la sede de SqEK (Squatting Europe Kollective) en una fiesta para recaudar fondos para los "sin techo" de la ciudad. Asil es parisino de origen turco, estudió un año de Ciencias Políticas. Lo dejó decepcionado. Conoce todos los rincones alternativos de París, los mercadillos de trueque, los edificios okupados, los comedores de las ONG's que te ahorran un día de restaurante. Trabaja en la taquilla de un cine a cambio de un sueldo miserable, y sabe que el negocio está a punto de cerrar. Vive en un piso-patera con 15 colegas más en el 18ème, en La Goutte d'Or, un barrio poco recomendable para alguien como Paloma, piensa Asil, pero que es el barrio en el que nació y que le encanta por su diversidad, su colorido, y el mercado en Barbes de los sábados. Se ha acostumbrado a buscar su cama a tientas saltando por encima de los colchones que hay por toda la casa y que además de los 15 inquilinos habituales, acogen a menudo a colegas, parientes y amigos de paso. 



Dafne invita a cenar a Paloma y Asil. Asil llega con retraso, tiene una hora y media entre sesión y sesión y Dafne lo contempla con algo de aprensión, las rastas..., los pantalones tan bajos..., pero el brillo en los ojos de Paloma compensan sus manías. Son jóvenes, se dice, ¡cambiarán!

No puede evitar un punto de preocupación. Toda su vida trabajando y no ha podido darle a sus hijos una vida mejor que la suya, o ¿tal vez sí? Seguramente ni ellos, ni tampoco Dafne vivirán nunca como hace diez años. No tienen un céntimo, pero seguramente sus aspiraciones poco tienen que ver con lo que ella soñaba a los veinte años. Viven en precario, pero disfrutan seguramente más de la vida que lo que ella haya disfrutado nunca. ¿O tal vez no?

Por primera vez Dafne es consciente de que no conoce a su hija. Le horroriza la inseguridad, la provisionalidad de todo lo que la rodea. Ella a su edad... Ella a su edad salió de casa de sus padres para casarse con su primer novio, el único hombre que ha conocido hasta ahora y seguramente, el único hombre de su vida... Ahora es consciente de que su vida fue planificada al milímetro aunque no sabría decir por quién, no quiere culpar a sus padres, la coyuntura, la sociedad de la época...: Se casó a los 24 años, un año después de acabar la carrera. Trabajaba entonces como secretaria en la empresa que acaba de despedirla. Su padre le había conseguido el puesto porque era amigo de uno de los directivos de la empresa. En tres años, dos hijos, la parejita...

Y ahora Paloma es ya una adulta y Dafne tiene la tentación de pedirle consejo. También ella está empezando.

Vuelan los días en París y Dafne tiene que volver a casa. Ha convivido estos días con su hija con más intensidad que cuando vivía en casa. La ha acompañado al colegio en el que trabaja, ha charlado tardes enteras con Mme. Blanchart, la dueña del piso en el que vive, ha acabado acostumbrándose a la energía y el optimismo de Asil, han ido de tiendas y hasta un día Paloma ha hecho de guía turística de su madre por el París más típico.

En el AVE Dafne empieza a escribir compulsivamente. Mezcla recuerdos con las experiencias de estos últimos días. Ha sido bueno salir de Barcelona. Ha sido beneficioso para ella pasar unos días con Paloma. No sólo por estar cerca de su hija. Le ha hecho mucho bien ver como todos, no importa la edad, debemos resituarnos, reinventarnos ante un escenario que todavía no tiene definidas las reglas de juego, pero que nada tiene que ver con el viejo mundo del siglo XX.

Y la semana que viene saldrá rumbo a Nueva York. Acabará de dibujar el nuevo escenario en el que pasar el tercer capítulo de su vida y el quinto de esta historia.


V. Comoretti