La década dorada


Empecé a escribir versos cuando empecé a sumar inviernos. Dorian

Cambiar de década asusta y obliga de alguna manera al balance y la revisión de planteamientos vitales. Me he sorprendido a mí misma, el día anterior al de mi cumpleaños, reivindicándome a mí misma como persona y sonriéndome por todo lo pasado. Pareciera que a partir de ahora las aguas fueran a remansarse porque me sorprenden fuerte, resistente, y algo más sabia que a los 20, no sé si decir "resabiada", que es una manera de protegerse escondiéndose..., yo que he sido tan dada a las corazas. Falsa "agua mansa" de la que seguro brotarán a borbotones pasiones y entusiasmos que son al fin los que me mantienen viva.

Al hacer balance veo cuantas cosas vamos dejando por el camino y lo mucho que cuesta despegarse de hábitos y querencias que ya no funcionan. Preferimos remachar el clavo torcido hasta disimular su trayectoria, que arrancarlo y comenzar con un nuevo clavo en una nueva pared. Asusta lo desconocido, el nuevo estado, el nuevo cuerpo, el nuevo entorno, la nueva realidad, hasta que caemos en que es el ritmo natural de los acontecimientos, siempre cambiante, siempre desconocido, siempre sorprendente planifiquemos lo que planifiquemos.

Ahora lo que es novedoso es no equivocarme tanto como solía, es acertar a veces y dar con un momento de paz, una conversación agradable y pausada, una caricia oportuna, un paseo gozoso junto al mar..., pequeños aciertos que llenan una vida.

A la mesa de mi cena de aniversario faltarán muchos de los que fueron intensa parte de mi vida en algún momento, a los que amé o a los que no quise, no quiero escribir "odié", porque el odio es un sentimiento que todavía no he sentido y espero que ya no aparezca en mi vida. Dejé de querer porque se alejaron o los alejé, otros porque murieron antes de tiempo, antes de que dejara de necesitarlos. Pero a los que no están no puedo quererlos y eso me duele. 

Los que faltan me duelen a veces como punzada ciática, a veces como leve ahogo después de una corta carrera para alcanzar el autobús. Y vienen a mí en los momentos más inoportunos, llenándome de tristeza y melancolía, en forma de olor, sabor, sonido, paisaje..., o de notas de una canción casi olvidada. 

El olvido nos ayuda a sobrevivir a pesar de las ausencias y de ese acelerado camino hacia la soledad que significa hacerse mayor. No recuerdo tantas cosas, que puedo mirar sin problemas hacia adelante y creer firmemente que lo mejor está por llegar siempre. 

Mantengo intacta la curiosidad por lo que tiene que venir y eso ahuyenta el miedo a lo desconocido que se agazapa desde la infancia en mi rincón más atávico. 

Y abro confiada mis brazos para acoger la nueva década que mañana inicio. Y abro bien mis ojos para no perderme el espectáculo del mundo en transformación continua. Y escucho despacio cada una de las palabras de las historias que acarician el corazón. Y confío en disfrutar de nuevas músicas, nuevos paisajes, nuevos compañeros de viaje...




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