Malinalco

Malinalco: aldea mágica, valle fértil rodeado de montañas. Pueblo de herbolarios y curanderos tal como se ve en el claustro del convento agustino en blanco y negro, jardín florido, paraíso celestial pintado por los indígenas: hojas de acanto, cactus, nopales, árboles de zapote, colibrís, delfines, abejas y águilas. Símbolos cristianos mezclados con serpientes emplumadas y plantas alucinógenas. Se vengan los indígenas dibujando en los muros la naturaleza mágica de su pueblo.
 Tantos caballos y burros como coches. Niños sin pañales para que jueguen a sus anchas, niñas con hábito de carmelita porque sus madres hicieron una promesa y altares a los muertitos por todas partes.
Llego a la casa de Daniel y Karen y en una esquina del salón Socorro y Felipe han organizado un altar de muertos maravilloso con fotos de mis padres: Flores amarillas, altarcito con figuritas de pan, un plato de con sal y limón, una botella de tequila, dos ataúdes desde los que saludan los cadáveres y dos calaveras de azúcar, una copa con oloroso copal, cestitas de muertos... y velas, muchas velas, ceras que dicen allí.
Escalofriante, emocionante. En las fotos mis padres están jóvenes, más jóvenes que lo que yo soy ahora. La atmósfera es cálida, amable, olorosa. Me emociono, lloro suavemente... Mis primos Víctor y Karen son todo cariño...
Después comemos quesadillas, pan de muerto y bebemos tequila. El mundo está en paz. Los muertitos están junto a nosotros, dice Socorro, tranquilos, contentos, a gusto. Yo la creo. Me parece que llevo siglos en México y quisiera detener el tiempo, el silencio inmenso de la noche, el cariño de mis primos, la luz de las velas, el mundo está bien hecho esta noche...
Veré muchos altares a lo largo de la semana, algunos bellísimos, otros tiernos, otros muy emotivos... ninguno como el de mis padres en mi primera noche en México.

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