¿Quién dijo jubilarse? Somos polvo de estrellas. Capítulo 11 - La revolución de los Golden Workers


Rolling Stones 2014
Actuación en Madrid de los Rolling Stones en Junio 2014











Dafne y Arturo se ven cada día. Él la convence para diseñar un completo plan de negocio y una hoja de ruta que indique paso a paso los trámites a seguir y el plan de comunicación a desarrollar. 

Ella se apunta a un montón de actividades en Barcelona Activa dirigidas a emprendedores y aprende a construir un cuadro de mando, a leer una cuenta de resultados, en fin..., herramientas para saber con certeza lo que tiene entre las manos y cómo evoluciona el proyecto.

Se ven por las tardes, en el bar de Núria y más de un día Dafne se ha estremecido cuando Arturo la besa en las mejillas.

Arturo está cambiando. Su mirada ha adquirido un brillo especial y a veces una dureza metálica que trasluce concentración, determinación.

Con el paso de los días aumenta la confianza y Arturo comienza a hablar de su experiencia en la cárcel, de sus compañeros de celda, de las horas y horas sentado en el patio, la mente errante, soñando despierto...

Están a gusto juntos, hacen un buen tandem, ella pone orden y concierto, él energía y pasión, y... Núria ha ganado en tranquilidad y salud. Se siente protegida y se atreve a cosas a las que no se había atrevido desde hace tiempo como retomar sus clases de baile de salón con Fede, un jubilado parroquiano del bar que se quedó viudo hace un par de años.


Eduardo Amatriain
Ambos, Dafne y Arturo, son conscientes de lo que les está pasando, se recrean en algo que creían que ya no iban a sentir nunca más, ese hormigueo en el estómago cuando se encuentran, esa sonrisa boba que no se les cae de la cara, esa sensación de que el mundo desaparece y sólo está habitado por ellos dos... Esa espera tensa e inquieta hasta que llega el otro, esa felicidad insensata.

Saben de qué se trata, pero las cicatrices de  anteriores desencuentros impide que se lancen el uno en brazos del otro. Saben que será inevitable, pero siguen tensando la cuerda. Este fin de semana han proyectado un viaje al Empordà que puede que provoque esa caída en el dulce abismo de la pasión, Arturo no lo conoce y Dafne ama ese paisaje, compartirlo con él será su primera muestra de amor.





El viernes, después de comer, salen con rumbo a un pequeño veïnat cercano a Corçà, donde Rosa, la antigua compañera de trabajo de Dafne, ha restaurado con un gusto exquisito y minimalista a lo largo de los veinte años que hace que la compró, una vieja masía en ruinas en medio del campo.



Allí instalan su base de operaciones. Dafne quiere enseñarle a Arturo los dulces paisajes del interior, los campos vigilados por la adusta silueta de los cipreses, la impactante belleza de las minúsculas calas bajo acantilados cuajados de pinos olorosos que bajan hasta besar el agua verde y profunda del Mediterráneo, los pueblecitos medievales dibujados a cincel por la burguesía catalana que restauró cada una de sus piedras...

Rosa podrá perder su estatus laboral, su capacidad de consumo, pero nunca su rincón en este lugar idílico donde se codea con lo más selecto de la sociedad catalana durante fines de semana y vacaciones y que alquila en agosto para poder mantener la casa.


La llegada de Dafne y Arturo es una buena excusa para organizar una cena en el porche de la masía, con las estrellas como techo y el césped como alfombra. Arturo se descalza, el contacto con la hierba fresca en esta calurosa noche le hace estremecer de placer. Rosa ha invitado a unos vecinos, en total serán siete a cenar.

Dafne se queda mirando a Montse y Pau. Parecen una pareja feliz, tal vez con ruidosas tormentas mañaneras, tal vez añoran los viajes mochileros de los dieciocho años, pero están envejeciendo bien: ropa de hilo, cabello gris sin teñir, ese aire bohemio que tan bien sienta a los sesentones. 

Pau le cuenta a  Arturo que es feliz desde que se jubiló. Se trasladó definitivamente a l'Empordà, abandonó Barcelona y su despacho de abogado a donde sólo va para acudir al teatro o a un concierto y vive pendiente de su huerto, sus manzanos, sus perros y el tiempo... ¡qué poco llueve! he tenido que instalar riego por goteo en toda la parcela porque ¡no llueve nunca!, comenta.

A menudo, cuando voy al pueblo a por el pan o lo que sea, me parece que salgo del cole, me siento libre y travieso. Dicen que al avanzar hacia la vejez, retrocedemos lentamente hacia la niñez..., debe ser eso.

El otro día, salía del bar algo alterado por la cerveza, me subí a la bici y a medio camino, iba haciendo eses, se me cayeron las gafas. Pasé más de una hora buscándolas... ¿te imaginas, en Barcelona una hora perdida...? y al encontrarlas bajo un arbusto, la alegría fue tan intensa que casi se me para el corazón, pero tuve la certeza por primera vez de que no necesitaba el dinero para ser feliz, bastaba con disponer del tiempo para encontrar las gafas perdidas, ja, ja, ja....

Irreverente y cínico, a Pau sólo le duele no poder ser promiscuo más que con la mente.



Montse calla y mira a su hombre con una cierta resignación. Están en un buen momento. Atrás quedaron las broncas e infidelidades durante la crianza de los hijos. No se arrepiente de haber aparcado su carrera de pianista para cuidar a los niños. Disfrutó de la maternidad intensamente hasta perdonar las frecuentes desapariciones de Pau, dos o tres días de vez en cuando, que le devolvían al hogar con una inmensa resaca y dócil como un corderito ahogado en el sentimiento de culpa.

Pau ya no desaparece y toda su potencia se le va por la boca. De nuevo tengo un niño en casa, piensa Montse, siempre he cuidado de alguien...

Ahora Montse ejerce de "doula", matrona voluntaria, acompaña a otras mujeres durante el embarazo, el parto y la lactancia, es su manera de revivir sus mejores años, de volver a tener en sus brazos a bebés recién nacidos y le hace también sentirse partícipe de esa secreta y ancestral asociación natural de las mujeres. 

La cena transcurre entre historias y risas. Es una noche sin luna y el cielo, plagado de estrellas, invita al silencio y la reflexión.

Somos polvo de estrellas, dice en un momento Dani, y ahora, después de todo lo aprendido, de todo lo vivido, comenzamos a brillar. Después del momento del crecimiento, del desarrollo, ahora empezamos a dar luz... Fijaos en mí, toda una vida dedicado a los seguros y ahora pinto una y otra vez este paisaje que hoy nos envuelve, sin descanso, ocho, diez horas al día. Y lo mejor del caso..., mi pintura me alimenta. ¡Cómo me gustaría explicarle a mi padre que me gano la vida dibujando! ¡No os podéis imaginar cómo influyó en mí su miedo a que yo fuera un artista y no un "hombre de bien" como él decía, o sea un hombre de negocios! ¡Si supiera... ahora sí que soy un hombre de negocios! ¡Ja, ja, ja! 

Lluís Roura
Pero Dani, tú sabes que eres la excepción, contesta María, su pareja. De cada mil pintores, vive de su arte uno, lo sabes bien. En tu caso, a tu evidente talento, (y no te estoy haciendo la pelota, creo de verdad que eres muy bueno en lo tuyo), se une la casualidad de tropezarte un día con un antiguo compañero de la mili que se dedica a ser marchante de arte y que después de una loca noche de revivir recuerdos y beber como cosacos, se convirtió en tu representante. Si no llega a ser por eso, tú seguirías pintando los domingos para llenar de cuadros las casas de tus hijos y tus amigos.

Lo que dices es cierto, María, responde Dani, pero hay otro componente que ayuda: he perdido el miedo. Cuando eres joven toda tu energía se centra en construir: un hogar, una carrera, una reputación, los hijos. El temor a la pérdida de cualquiera de estas cosas es muy fuerte. Ahora sólo me queda perder la vida, o sea, todo... la casa, el trabajo, incluso los hijos, pierden importancia. Por primera vez te enfrentas a ti mismo y te dices... ¿Esto es todo lo que había...? ¿Dónde han quedado mis sueños, mis ilusiones de juventud? Puedes entonces hacer dos cosas, retirarte del mundo y lamentarte a todas horas de lo escasa que es la vida, lo rápido que ha pasado el tiempo, lo feliz que eras no se sabe cuándo... y esperar pacientemente la muerte, o "girar el calcetín", "ponerte el mundo por montera" como decía mi madre y volver a empezar, eso sí, desde un punto de partida privilegiado, con esa mochila de experiencias y conocimiento que hace que conozcas bien los atajos para llegar a buen puerto.

Eres muy optimista, le responde María, en mi caso no he tenido la posibilidad de escoger entre dos alternativas y tú lo sabes bien porque vivimos juntos desde hace diez años y vivimos con mi madre que ha cumplido ya los noventa y que ocupa mis 24 horas. El Alzheimer es una enfermedad cruel con los cuidadores, desde que me levanto hasta que mamá se duerme, toda mi vida gira alrededor de su cuidado... es injusto. Me siento agotada,encerrada en mi pequeño mundo... triste, porque además sé que mamá no mejorará nunca, que cada día que pasa se acerca más al fin que he llegado a desear. Tus hijos y los míos consideran que esto es lo normal, que yo cuide de mi madre, pero sé que ellos no lo harán con nosotros... no sé, ¡estoy de bajón!

Se ha hecho un silencio denso, pesado... Parece que la noche es más oscura ahora y es Rosa, la anfitriona la que los saca del pozo de la tristeza. Venga, venga, María, ¡arriba los corazones!, eres una "jabata", tú puedes con esto y con todo, no te dejes llevar por la melancolía de lo que no puedes hacer ahora. Sabes que puedes contar con nosotros para repartir la carga, para compartir los momentos que quieras..., deja que los hijos vivan su vida y maduren como lo hemos hecho nosotros... te queda tanto por delante...

Y vuelve la paz a la mesa, mientras Rosa reparte los postres y dulcemente la velada se va apagando entre anécdotas, chistes y canciones antiguas. 

Finalmente a la una de la mañana Dafne y Arturo se quedas a solas. El aire huele a romero y a dondiego de noche. Las estrellas iluminan tenuemente la noche y el silencio es tan profundo que Dafne cree que Arturo puede oír el latido acelerado de su corazón. El mundo que les rodea se desdibuja y se funden en un beso que sella el principio de una hermosa noche de amor.

El fin de semana transcurre espléndido entre baños en calas minúsculas y paseos por senderos entre encinas y pinos. Dafne es feliz y Arturo se siente pletórico.

Volverán a Barcelona llenos de la energía que necesitan para emprender ese camino juntos que se empieza a vislumbrar. 

Lo veremos en el capítulo 12 y último de esta historia.





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