INTRODUCCIÓN: LA REVOLUCIÓN MADURESCENTE



La muerte de mi madre supuso un pequeño cataclismo en mi vida y puso colofón a una época oscura en la que había llagado a una planicie vital absoluta.

Nada de lo que componía mi mundo en ese momento me gustaba y no tenía ni idea de cómo cambiarlo y la muerte de mi madre me dio la fuerza suficiente para cerrar esa etapa y dar carpetazo a todo lo que Barcelona suponía.

Cuando esto sucedió, yo estaba en la India, en el Rajastán , a punto de partir hacia Agra para por fin ver el Taj Mahal, que sé que sólo conoceré en foto. Viajaba con una buena amiga y con un grupo reducido de compañeros, y desde el día de salida, mi cabeza no podía alejarse del hospital donde había dejado a mi madre con un diagnóstico de neumonía y a cargo de mis dos hermanos que se turnaban para estar con ella en plenas vacaciones.

La noche de la salida estuve con ella hasta la una de la mañana (el avión salía de madrugada) con un nudo en la garganta y con una intuición, una vocecita interior que me decía que no debía marcharme.

Ella insistió tanto en que me fuera, que le quité importancia a la gravedad real de su estado. Y me fui.

Era el mes de agosto. Estaba de vacaciones, merecidas vacaciones de un trabajo en el que estaba incómoda, donde tenía la sensación de irme embruteciendo lentamente, nada nuevo bajo el sol, rodeada (con maravillosas excepciones) de seres grises que a la mínima iniciativa de cambio o experimentación,  temblaban como pajarillos asustados. Así que aburrida y convertida en una sombra de mi misma, soñaba con los fines de semana en la Costa Brava y con las vacaciones en la India. Sería mi segundo viaje a un país que unos años atrás, con dos amigos y mochila en ristre, me había deslumbrado de tal manera que había alterado mi percepción de la realidad añadiendo una nueva cara al prisma de olores, colores y sensaciones nuevas e intensas.

Faltaban seis meses para mi 50 cumpleaños y todo parecía indicar que comenzaba la suave pendiente que conduce hasta la jubilación: nada nuevo por hacer, por sentir, por aprender y concentrarse en mantener buena salud y el optimismo suficiente para sobrevivir. Afortunadamente nuestros planteamientos poco tienen normalmente que ver con lo que la vida nos tiene preparado...

Tenía un buen sueldo, un nido donde refugiarme que aunque fuera de alquiler (creo que uno de mis aciertos vitales es el de no tener propiedades que me aten a nada ni a nadie...) se había convertido en un hogar en el que el mundo estaba "bien hecho".

Mi casa estaba entonces muy cerca de la casa de mis padres, eso me ahorraba tiempo y esfuerzos desde que empezó la decadencia física de mi padre, unos cinco o seis años atrás. Intenté desde ese momento visitar, si era posible, cada día a mis padres para comprobar que todo estaba en orden y para echar una mano cuando fuera necesario. 

Y cuando mi padre murió, empezó el desfile de cuidadoras para mi madre a las que también había que supervisar... había entrado en la rueda de la dependencia...

Tampoco era mejor mi vida sentimental, picoteando caricias y atenciones aquí y allá pero horrorizada con la idea de compartir mi espacio con ningún hombre más allá de un fin de semana..., siempre venía a mi cabeza el fantasma, que amenaza a todas la mujeres, de tener que ser la criada de un varón (!)

Estalló pues mi crisis madurescente: ¿realmente esto era todo lo que podía esperar de la vida? ¿qué haría al volver? Y si no volvía de la India..., ¿qué podía aportar alguien tan miedoso como yo en un país de valientes? A estas alturas de mi vida, ¿le importaba a alguien? y a mí ¿me importaba alguien? No quería volver a mi trabajo que en la distancia me parecía sin objeto, ni función. Sentía un rechazo profundo por mi ciudad, Barcelona, que sentía poco hospitalaria y nada socializadora. En la India, con mi madre en el hospital, con mi compañera de viaje en cama por una indigestión... estábamos en agosto del 2005.

Volví de la India al décimo día de viaje, después de cruzarla de oeste a este y descubrir que no todo el mundo habla inglés y de dos angustiosos día en Delhi, donde recuperé en honor a mi madre el hábito de fumar sin parar, porque coincidí con una huelga de la British Airways y no pude conseguir pasaje de vuelta hasta dos días después de que mi madre falleciera.

Se cerró ahí un período de mi vida y el sentimiento de orfandad me colocó  en la primera línea de la batalla, sin techo donde refugiarme, desaparecido ese último puerto donde recalar cuando todo sale mal que es la casa de tus padres, donde se encontraba ese amor incondicional, irracional,  de los que cuando te miran, sólo ven al niño que fuiste, perfecto y más lleno de futuro que de pasado. 

Y quise huir, cambiar de ciudad, de amigos, de amores y de familia, de oficio y de costumbres y comencé a armar un plan que finalmente me llevó a Sevilla, mi amada Sevilla,  con la promesa de una segunda oportunidad y fue más un tránsito, un receso, un alto en el camino que una revolución, pero me permitió lamerme las heridas y coger fuerzas para lo que me esperaba más adelante.

Y así, el 5 de enero de 2006, el día que cumplía los 50, crucé con mi coche convertido en caracol, toda la península, en un viaje iniciático que duró tres días y en los que atravesé tormentas, imposibles cortinas de agua y nevadas intensas, hasta el punto que tuve que refugiarme en Requena porque la carretera había desaparecido engullida por la nieve, hasta llegar a mi nuevo hogar, en el centro de Sevilla, un día de sol.

Sevilla fue el paréntesis perfecto. Tres años viviendo al revés de como lo había hecho hasta entonces: Mi vida se llenó de gente y pude esconderme de mí misma y observar como desde un escaparate un mundo que se me antojaba más exótico que Estambul. Sevilla cuidó de mí y me fue devolviendo la energía perdida y la pasión de vivir: un vinito con los amigos en la plaza del Salvador por las tardes, una tapa en el Arenal, una charla intrascendente paseando por la calle Betis, tantas noches en mi terraza de la calle Bailén, en el puritito centro, al fresco, con los tejados de la iglesia de la Magdalena como paisaje cotidiano.

Andalucía toda se convirtió en mi campo de operaciones y con mi cuaderno de campo, una moleskine negra tamaño cuartilla, fui anotando los rituales ancestrales, las fiestas y costumbres de un pueblo que vive al ritmo y la cadencia del paso de las estaciones y en Semana Santa entierra el año y, a la vez que florece el azahar, celebra la llegada de la primavera vistiéndose de colores. 

Fui almacenando en mi memoria olores y colores, playas, campos, montes, ciudades y pueblos hasta, sin ser yo consciente, empezar a preparar mi vuelta a casa.

Me desperté un día al límite de mí misma, cansada de ser la nota discordante, enemiga de casi todo y entre el hospital o la comisaría, elegí el aeropuerto y volví a casa.

Y esa vuelta me trajo una nueva Barcelona vista desde un barrio que no era el mío, un trabajo diferente, de nuevo en la cresta de la ola colaborando en el nacimiento de una comunidad corporativa en internet,  una nueva convivencia, al incorporar a mi vida cotidiana a mi hermano pequeño recién divorciado. Todo parecía nuevo y diferente. Pero yo sabía en realidad que no era así, que ya no había excusa y que con la vuelta a Barcelona se iniciaba imparable mi personal revolución madurescente.

El primer aviso lo da siempre la naturaleza, el cuerpo. Y después de una agradable cena con amigos del trabajo, en la que recuerdo haber hablado de dejarlo todo y comenzar de nuevo, amanecí más tarde de la cuenta y con resaca. El retraso que ya llevaba, se agravó al querer alargar (esos cinco minutitos más...) el placer de remolonear en la cama y los cinco minutos rituales se convirtieron en media hora de sueño profundo.

Al salir pitando de la cama apoyé mal los metatarsos de mi pie izquierdo que se quebraron en un simbólico acto de "hasta aquí hemos llegado" y "para quieta y reordena tu vida".

Dos meses  en barbecho en un país donde la presencialidad en el trabajo es casi una religión, hicieron que a mi vuelta me sintiera "fuera del grupo" y empecé a fantasear con ese cambio radical que me permitiría dedicarme a aquello que realmente deseaba y que entroncaba directamente con el inicio de mi vida laboral: la enseñanza.

Pero eso lo digo ahora. A "toro pasado" es muy fácil ver las agendas ocultas que todos tenemos y analizar causas y consecuencias de nuestros actos. En ese momento sólo tenia una vaga sensación permanente de inquietud y malestar que no sabía a qué atribuir. Volvía a mí la rebeldía de los 18 años y nada me gustaba, con nadie podía estar de acuerdo y sentía una enorme necesidad de salir huyendo de esa oficina para vagar sin rumbo de ciudad en ciudad, llenando mi vida de caras e historias nuevas.

El azar no existe, y estoy convencida de que vamos trazando inconscientemente un plan que nos conduce directamente a ese día en el que todo encaja y ya has dado el primer y definitivo paso para tomar las riendas de tu vida. Puede que se presente disfrazado en forma de jefe que te propone un nuevo proyecto que te horroriza, o en forma de reajuste de funciones en tu departamento en el que no encajas... da lo mismo, ya te han dado el empujoncito que necesitabas para lanzarte al vacío y comenzar a explorar el nuevo universo.

Y aquí empieza la aventura que quiero explicar: Cómo transitar por esa transformación que he llamado "crisis de la madurescencia" que debe servirnos para construir la mejor versión de nosotros mismos. 

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