domingo, 9 de diciembre de 2012

Madurescencia en ebullición

Madurescentes e indignadas.

La revolución madurescente

Para que luego digan de Facebook...  Ayer quedé para comer con mi prima a través de Facebook. Nos vemos en entierros y bodas, como tantas familias,  y eso que vivimos a 500 metros la una de la otra, pero nos seguimos con ilusión y cariño por Facebook.

Y cómo me gustan estas comidas largas y densas, incluso un poco caóticas..., ahora dulces, ahora copa, ahora más café..., alrededor de una conversación que se estira, se bifurca, serpentea a lo largo de la tarde y nos dan las nueve de la noche entre niños y discusiones.

He heredado ese placer de mi padre, que nos enseñaba el bello arte de la retórica y la dialéctica en sobremesas inacabables, entre el humo del tabaco y el café. De esas sobremesas conservo su rara costumbre de seguir con el vino después del café.

Fuimos juntas al colegio. Nos llevamos apenas tres meses, ella es la mayor. Mi prima siempre fue mucho más lista, mucho más guapa, mucho más todo.. que yo. Ayer recordábamos entre risas que yo sólo la superaba a los 6 años en una cosa: era capaz de comerme todo lo que me ponían las monjas en el plato, mientras que ella siempre fue una tiquismiquis con la comida, hacía bola...

Mi prima está en pleno proceso madurescente, resplandece. De la gestión desde un despacho, con secretaria e interminables e inútiles reuniones de planificación, ha pasado al pie de obra como médico de familia en un barrio obrero. Está feliz. 

De batirse el cobre con politiquillos, discutir durante horas decisiones incomprensibles, de trabajar horas y horas en proyectos en los que no cree... a volver al estudio diario para estar al día y no quedarse atrás, a trabajar con personas a las que tender la mano y resolverles pequeños o grandes problemas de salud.

Es valiente. Hay que ser valiente, es lo que tiene la madurez. Te da esa oportunidad de encontrar herramientas y camino para cortar por lo sano y reiniciarte con el saco lleno de recursos, tal vez con menos resistencia que a los 20 años, pero con la fortaleza y la energía de la experiencia, que conoce de tantos atajos para resolver los nudos que van apareciendo en el camino. Y la valentía hace que vuelva a ti la pasión con la que comenzaste.

Y mientras sus hijas, sobrinos y nieta jugaban en el salón, los madurescentes, que charlábamos alrededor de la mesa, nos hemos erigido en indignados, sabiendo que nosotros también contamos, que también somos parte activa de la revolución social que se está fraguando, que tenemos mucho que decir y que aportar al nuevo mundo que emerge de las cenizas de la corrupción, el egoísmo, la mezquindad, la pobreza de espíritu...

Somos MADURESCENTES EN EBULLICIÓN.