domingo, 9 de septiembre de 2012

Fragilidad y Fortaleza en la Madurescencia


Fui a ver Todos tenemos un plan, película estupenda y compleja, con un guión no del todo bien resuelto, con paisajes muy sugerentes y la bellísima mirada de Viggo Mortensen en su centro. Una frase de la película ha martilleado en mi cabeza toda la noche: Todos tenemos el mal adentro. 

Porque es curioso como nos vivimos a nosotros mismos, esa dualidad contradictoria que nos recorre. 

Cuando alguien me hace un reproche, el corderito que llevo dentro mira reprobatoriamente a mi lobo potente y emprendedor, que a su vez me castiga duramente cuando fallo en cualquier cosa y, de nuevo es mi dulce cordero el que perdona mis errores. 

No siempre consigo que emerjan buenos sentimientos y en ocasiones noto en el fondo del paladar la amargura del rencor o la envidia, y sube hasta mi boca el gusto agrio de los celos o la cólera.

Con los años he aprendido a detectar esos impulsos y aún sintiéndolos y viviéndolos con intensidad, a ponerlos frente a mí, como si tuviera delante un espejo para poderlos analizar y así, neutralizarlos. 

No siempre lo consigo, estoy perfeccionando la técnica de extrañamiento, pero mi corderito infantil, vulnerable y frágil, se deja invadir de nuevo por esos sentimientos negativos que son como un bumerang que sólo a mí dañan.

Mi lobo impetuoso y agresivo está pagado de sí mismo y eso le hace mirar confiadamente por encima del hombro a los demás hasta que consigo que mi cordero derrame amor y admiración para neutralizar esa prepotencia tan perjudicial.

En esa lucha encarnizada entre el egoísmo y la generosidad, los roles van cambiando y son ambiguos y hasta contradictorios y hacen de la convivencia conmigo misma, la más difícil de las convivencias...