lunes, 3 de septiembre de 2012

Mundo CO y #madurescencia: buscando emerger


Siete de cada diez españoles viven en una ciudad y de esos siete el 60% lo hace en un piso, en una "casa de vecinos".

No existen relaciones interpersonales entre los colectivos vecinales. Los barrios de nuestras ciudades son desiertos asociativos. 

Las viejas redes de comunicación entre vecinos se han roto: Ya no compartimos panadería, colmado y carnicería, ir al mercado en una gran ciudad ya no es un acto cotidiano sino ocasional, para contadas ocasiones. 

Han desaparecidos porteros y porteras que vivían en la finca para sustituirse mayoritariamente por porteros automáticos y en las casas de los ricos por conserjes a horas que están más cerca del vigilante de seguridad que del portero tradicional.

Recuerdo la escalera de casa de mis padres cuando yo era pequeña:

El edificio fue construido a finales de la década de los cincuenta y estaba en la parte alta de Barcelona, casi tocando la falda de Collcerola. Más allá de mi casa, cuatro chalets de veraneo y el monte salvaje y un caminito sin asfaltar que llevaba hasta el pie del funicular del Tibidabo y que recorrí mil veces en bicicleta.

En la planta baja, vivía la familia de los porteros: un matrimonio con dos hijas que compartían el minúsculo pisito con los abuelos, los padres del portero. Seis personas que repartían el correo, paraban el camión del butano, recogían las basuras y guardaban los paquetes que llegaban, pero que por encima de todo, gestionaban la información necesaria para la buena convivencia en el edificio.

A primeros de la década de los sesenta, el bloque (ya nadie lo llama así) fue llenándose de parejas muy jóvenes con niños muy pequeños. Pisos de "la Caixa", alquiler con opción compra, perfectos para parejas que empiezan... familias que llevaban puntual cuenta de favores y agravios entre los miembros de la microcomunidad:

Que si... cuídame los niños que voy a la peluquería, que si... toma este kilo de melocotones que mis primos me han traído diez kilos del pueblo, que si.. vendrá el del calentador, te dejo las llaves para que le abras...
Y su contrapartida:
que si... tus hijos estuvieron dando carreras por el piso y no veas qué ruido, no he podido dormir la siesta, que si... menudas horas para usar el taladro eléctrico, que si... cuelgas la ropa chorreando y mojas toda la mía...
Una comunidad regentada por mujeres pero a la que los hombres no eran ajenos a través de las reuniones de la comunidad de vecinos que solían acabar en resopones con whisky DIC y tacos de queso, "atutiplen".

Los años del boom económico español, esa década prodigiosa que acabó hace cuatro años, en la que todos éramos ricos o lo parecíamos, propició un individualismo atroz y el desentendimiento total de la problemática común de esas microasociaciones vecinales, por no hablar de las increíbles Asociaciones de Vecinos de los años 70 y 80.

Para entablar relación, la gente de las grandes ciudades prefiere asistir a cursos, talleres, incluso fiestas de desconocidos, que intentarlo con quienes ve a diario en la escalera de su casa. La comunicación entre vecinos es casi inexistente y se reduce a la cordialidad de unos "buenos días" si se comparte el ascensor o el rellano. Es más fácil entablar amistad a través de Twitter con alguien en Bogotá, que subir a tomar un café al piso de arriba.

En 1991, el sociólogo Abraham Moles decía: "La ciudad cableada es un sistema de anonimato. Los individuos no necesitan más universo para explorar que una fuente concentrada de riquezas. Es una sociedad de la negociación y de la indiferencia, porque el vecino, de entrada, es un objeto del entorno y, por consiguiente, un extraño a mis valores..."

Diez años después el panorama social y económico ha cambiado radicalmente y  se tercia retomar las relaciones vecinales para ahorrar y para mantener el nivel de vida que teníamos hace apenas unos años.

Esta vez se trata de COMPARTIR en el más amplio sentido de la palabra:

Compartir los vehículos: Yo calculo que en el parking de mi edificio debe haber unos 60 vehículos, más de la mitad no se mueven más que en fin de semana y no todos, la mayoría se utilizan sólo ocasionalmente. No sería tan difícil establecer agendas de utilización y reducir el parque móvil a una cuarta parte.

Compartir conexiones a Internet. De la misma manera que tenemos antena colectiva para la TDT, podríamos compartir servidor y ADSL o fibra óptica.

Compartir compra- Las compras mensuales fijas de cada familia: leche, huevos, latas, botellas... a través de mayorista.

Compartir espacios: Transformar el espacio de vestíbulo, de entrada, u otros espacios desaprovechados, en espacios comunitarios: una suscripción a la prensa para toda la escalera, un punto de conexión a internet, un espacio de TV para ver el fútbol sin necesidad de gastar en el bar... (Hay que tener en cuenta que hemos ganado al menos una planta de 200m2 en el garaje)

Compartir servicios: Canguros, asistencia a dependientes, limpieza...

Llevando al extremo la idea: compartir vivienda... ¡Cuántas personas que en esta ciudad viven solas en casas de más de 100m2 estarían encantadas de abandonar su soledad y encima compartir gastos!!!

Por necesidad y porque somos seres sociales, volveremos a las microcomunidades, a las tribus urbanas, que esta vez no son como las del final del siglo XX. Las tribus urbanas del siglo XXI son asociaciones cooperativas.
Esta es la "comuna" del siglo XXI y una de las propuestas de La Revolución Madurescente.