#Madurescencia y #Amor

¡Cómo cambia con los años la percepción del amor! ¡Cómo he virado con el tiempo hacia el amor a mí misma como condición "sine qua non" para que alguien te mire, te distinga y te quiera!

¿Cómo cambiar el guión del desamor? Seguramente mirando a la gente con los ojos limpios de la curiosidad.

En la "madurescencia" nos volvemos selectivos y tolerantes a la vez, buena mezcla para volver de nuevo a enamorarse... y esta vez, tal vez...

Hasta ahora, me he enamorado "hasta las trancas", hasta casi perder la respiración, tres veces en mi vida y en ninguno de los tres casos fui correspondida.

He compartido maravillosas historias y momentos con muchos hombres, que han provocado en mí todo tipo de sensaciones, desde el temblor de rodillas que provoca el deseo, hasta la discusión mayeútica de las mentes en sintonía, pero enamorada sólo lo he estado tres veces.

He trabajado, convivido, hecho el amor, hablado de cine o de literatura, cocinado y paseado con muchos hombres, incluso me casé cierto día, pero enamorada sólo lo he estado tres veces en mi vida.

Y no digo cuatro porque el primer amor, el de los 14 años, no cuenta, es una construcción del imaginario. El primer amor se contempla desde lejos, es una canción de Paco Ibáñez rasgada en una guitarra, tiene más que ver con la maravilla de mi pubertad efervescente y creativa, que con la excelencia del escogido como objeto de veneración, que, efectivamente, tarda muy poco en decepcionarnos.

Después de eso, aparece ÉL, el ser diferente, tocado por la varita mágica del arte, de la genialidad, sabio y creador, hermoso y altivo, al que adoras en silencio desde tu sencillez. Ese que me enseñó a mirar un cuadro y un espacio. A cantar tangos y boleros desde dentro, a escuchar rock sinfónico y a entender a Lacan y Deleuze, a robar nidos de pájaros para decorar espacios imposibles. El que me enseñó a estudiar para "conocer", para ser "la mejor", no para pasar un examen..., pero... que no me quería. 

Le quise tanto  que acabé entendiendo que prefiriera a cualquier chapero de Las Ramblas que pasar una noche romántica conmigo, ¡tan poco me quise a mí misma de joven!

Mi segundo enamoramiento radical, absoluto, cegador, acabó en boda, y digo bien, acabó. Mi marido era fantástico para un amor clandestino y romántico y nefasto para un proyecto común de vida. Tortuoso, apasionado, complicado, Atlántico, inmaduro y triste, intelectual reservado y asocial, perdí por él la cabeza y vivimos años intensos pasando en segundos de la gloria al infierno, de la placidez a la tormenta. Fueron buenos años de aprendizaje, pero creo que jamás le entendí y él, en realidad, nunca me quiso, preocupado como estaba por encontrar la razón de vivir.

El tercer hombre de mi vida fue una construcción necesaria, necesitaba un héroe, el "alter ego" de mi padre, que me rescatara de la soledad y el desamor. Tampoco me quiso y fue un vampiro que absorbía mi energía y mi fuerza cada noche, calle arriba, calle abajo, hablando de filosofía y gastronomía. Fue mi creación literaria que hizo que escribiera frases maravillosas que justifican esclavitudes. Lo quise con locura. Despertaba cada día con su nombre en mis labios y llegaba a la noche maquinando cómo provocar un encuentro para el día siguiente.

Otros hombres han dejado su huella en mí, he incorporado sus hábitos, gestos y frases a mi vida, incluso de alguno puedo decir que es "amigo" mío y que eso es más intenso, más verdad, más valioso, que cualquier enamoramiento, porque de las manifestaciones del amor, es la más generosa.

Algunos ya no están y los echo de menos. Seguro que alguno me ha querido sin ser correspondido ¡paradojas del destino!


Parece que en la "madurescencia" por fin no necesitemos sustitutos, refuerzos, excusas, dobles..., y podamos finalmente enamorarnos de verdad y ser correspondidos... Ya se verá.


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